CETRERÍAS

 

CETRERÍAS.


CETRERÍAS.

Reconozco haber bajado la guardia,

Me confié,

enmarañé mis sentidos.

Soy un ave rapaz

por aspersión,

pero podrás llamarme tigre o gata.

Pertenezco a la familia de los felinos,

a fin de cuentas,

casi humana.

Cuando no era obligatorio

dejar constancia de fe bautismal

Rasputín me desgarró el alma.

Necesité un boticario.

Encarar las ventanas

mirando al sol,

fue una primera solución al vacío.

Otro lobo estepario

con gloria de taumaturgo

despertaría el más álgido de los instintos.

Mi personalidad es una encrucijada y

estoy diciendo mucho …

En un foro de cetrería

encontré una habitación muda

para ejemplares adultos,

el hurón hay que usarlo con moderación,

mas no son adultos ejemplares;

cambian su plumaje

en función halconera.

Corto vuelo de los pájaros

en abstracta quietud de laberinto

en las pistas de frontón, con sus techos

de asbesto y Uralita.

Algunos consejos pueden ser útiles

para limpiar los materiales

y que no se encharque

el dolor.

Construye un sumidero

para que evacue.

Es que quiero poner coto de caza por Navidad.

Yo no utilizaré el césped artificial

(que es como de fibra)

ni tampoco cordel grueso

(la típica soga de atocha).

Nunca he necesitado escarpias

ni mantenido gavilanes,

buena opción era alicatarlos.

Escóndete un buen rato

antes del disparo de cerca

y si permaneces en silencio

alguno acabará por salir a comer.

EL ARTE DE COCINAR LENTEJAS

 

El arte de cocinar lentejas

È una notte senza luna

ubriaco canta amore

alla fortuna

(canción popular italiana).

O kei – me dijo entonces.

Soy un ebrio insalvable.

Yo me negué a escucharlo

y acepté un cigarrillo

aunque nunca he fumado.

 

El humo me envolvió

y amanecí en su alcoba

con la persiana baja,

al mediodía en punto de un mar de telarañas,

tendida a su costado

con un regusto a vino todavía en los labios.

 

Me apretó contra el pecho de varón incendiario.

Mi corazón rugía.

Mi corazón berreaba.

Mi corazón latiente al albur se entregaba.

 

No apelo el resultado.

Acepto mi derrota.

Mi borracho vivía al filo del abismo,

con el tacto exaltado de quien pronto se olvida

las ofrendas de almohada.

La nariz embebida, los pómulos bizarros

sin lengua me insultaban.

Qué importa que él hubiese

hackeado mi escalera del sexo imponderable.

 

Prematuro es el parto de quien nunca ha gozado.

 

Fabricaba guirnaldas y barquillos

tal un padre perfecto que naufraga.

Adoraba mi nombre

con devoción de santo flamante divorciado.

¿Qué importancia tenían los vómitos del cuerpo,

su pasado prohibido,

el presente esfumado en las garras de Ubriaco?

 

Su amor me amamantaba.

Tenue luz milagrosa de anzuelo sin carnada.

Eran sus brazos fuertes

de roble estacionado a la vera del mundo.

No temía perderlo

pues lo había encontrado tirado en un umbral,

como una cosa usada que los ricos desprecian.

 

¿Los besos?

Ah… los besos.

¡Cuántos besos le daba!

Con hipo, con ojeras

prístinos, emponzoñados

con venturosas juergas (señas)

donosas (jocosas) y calcadas.

Con cansancio, revuelos,

con prisas y con pausas,

improvisando el arte de cocinar lentejas

en ollas chamuscadas.

 

Qué importaba que fuese

aquel borracho consuetudinario

-con resacas de pena, me decían-,

si al verlo, recompuesto

su mirada inflamaba los cielos y la Tierra,

alfombrando de rojo

mi Estrella desdichada camino hacia la Meca,

rumbo el sol, como Ícaro,

hacia el Templo y la Plaza de beatos y réprobos,

con orejas cortadas

por los vientos del Malo,

destinada a la hoguera.

 

 

 

 

lucia f

 

 

 

EL CÓNDOR

EL CÓNDOR

(cuento de horror)

Estaba sobrevolando la alta cumbre mendocina cuando sintió un impacto en el ala izquierda de su avioneta.
Maldijo acusando a la tormenta que lo había sorprendido contra todo pronóstico. El equipo de radio dejó de funcionar. Intentó usar su teléfono inalámbrico pero la mala racha lo seguía. No tenía baterías
Al fin aterrizó con la esperanza de que los radares detectaran con facilidad el sitio de su locación.
Fue cuando aparecí delante de él, que había descendido de su helicóptero ante el inminente peligro de explosión
Era más alto y corpulento que yo, pero al verme desplegar mis alas negras y azules el miedo lo gobernó soberanamente, por primera vez.
Nos detuvimos conmovidos por el centelleo de nuestros ojos como frente a un duelo inevitable, hasta que bajó su nublada vista y lloró.
Yo tenía la mirada hambrienta. Y él supo al entregarse, que ya era carroña del destino.

 

condor alas azules

Las cosas por su nombre

Las cosas por su nombre

Aunque nadie lo haya descubierto todavía,
existe un acto férreo en la retórica
que se atreve a sortear crestas y escollos,
flotando al ras de aguas monocordes.
Cada cual con su símil y sus trucos,
con jirones de viejas poesías,
avanza igual que un pobre pensionista
del Bed and Breakfast de los capitolios,
creyendo que su obra es francamente
la nueva plataforma del futuro.

Con ideas tan falsas como abstractas
propone un horizonte
y esconde en un bolsón la carabina
dispuesta a fusilar al enemigo.
No te incluye, por suerte, no te incluye.
El foco subversivo frivoliza.
Haya paz, compañeros.
Secuelas de la diáspora del genio.
Perdiciones del santo calendario.
Sonrojos de la orquídea. Mnemotecnias.

¿Quién puede sospechar el contrabando
de contrastes biformes?

Los muertos en combate son pretérito.
Escuadrones mentados.
Las batallas se libran en presente.
Arengas, polvorines.
Nos quedan derrisiones obsoletas,
resortes conjugables,
ascetismos menguantes de cartel
y un tibio aroma zigzagueando
con que tejer elipsis hiperbólicas,
y ovillar las madejas fugitivas

para poder llamar, nunca o apenas,
las cosas por su nombre.

san telmo 4

Presentación del sábado 29 de setiembre en San Telmo, Buenos Aires, Argentina.

Comparto la reseña de mi libro por Fernando Viano, en el diario Nueva Rioja.

UN DEVENIR INESPERADO

Había una vez una mujer que no confiaba en sus instintos ni en sus premoniciones. Había una vez una mujer que solo a naba a huir de la creación y a despreciarla.
Hasta que una vez -bendita vez- esa mujer se miró en un espejo. Todo lo que sobrevino a ese instante de descubrimiento pleno de lo que no se ve pero
existe en lo que no se ve, pasó a ser el premio consuelo que, despojada de todo, alzó triunfante al viento con la simple -y al mismo tiempo compleja- determinación
de decir algo.

La asistió, al fin, la primigenia osadía de decir. Y de decirlo así, sin vueltas, con las palabras de este mundo, donde no caben concesiones ni espacios para esa pretenciosa búsqueda de un arte poética que intenta, a su vez, aproximarse a lo su rol y aferrarse a lo frágil, a lo vulnerable.
Leer la poesía de Lucía Angélica Folino invita a imaginarla caminando por las calles de Avellaneda (su Avellaneda), en las que todo lo que rodea a esa mujer frente a su espejo -que es también el espejo de todos-, puede tornarse en el reflejo de una palabra que la nombre, aún en el silencio, aún en el vacío de los contenidos
que pudieron disolverse como olvidos insistentes en una memoria sensorial que resiste a olvidar.

Y en esa resistencia, que se ancla en la cadencia de los versos como cataratas de verdades incontrastables, nos nombra e interpela. Y nos ofrece otro consuelo,
aún mayor y trascendente: la última palabra que es el poema, a la que -y al que- Lucía rinde culto, aunque no se arrodilla. Muy por el contrario, va siempre detrás de
su merecida recompensa.

“Todos queremos descubrir una: / la última palabra que
nos nombre / como encuentran los pintores / una imagen de
mujer pantera”.

Así se afianza la poeta en cuestión desde ese profundo abismo del decir al que no se puede dejar de asistir, al que no se puede dejar de caer, página tras página de “Premio consuelo”. Pero incluso si se pudiera, quedaría flotando siempre en el aire la extraña sensación de que volveríamos a subir para deslizarnos una vez más desde las alturas hacia el precipicio en donde el amor muestra todas sus caras (como una moneda lanzada al cielo), entre esa dulce tensión sexual a la que Folino recurre con sugerente maestría y la escritura, su escritura como un pulso que “atraganta el dolor abisal de la partida”.

Y es que un día, como cuando de pronto nos miramos en un espejo, “te levantas y compruebas / que el techo es un prostíbulo sin fama / con palabras que nunca serán dichas / con versos que jamás llegan a nada”.

Ironías y crudezas que sugieren observar desde las cornisas de nuestras existencias para descubrir que “la legión de los que venden su alma al diablo / no tiene límites”, como tampoco lo tiene la capacidad descriptiva de la poeta al pergeñar su “obra de arte del alivio” frente a tanta mediocridad a la que muchos insisten con llamar arte, desnuda en cuerpo y alma (así es, en definitiva, la poesía de Lucía), entre las gentes.

Ironías y crudezas. Como la vida misma frente al espejo en el que una vez -bendita vez- al fin nos vemos: a veces una caricia, otras veces un cross en la mandíbula. Pero siempre un devenir irreparable. Y alguna que otra poesía, como un premio consuelo.

 

http://www.nuevarioja.com.ar/ver_noticia.asp?id=27596

Mil poemas

mil poemas

 

 

 

Mi poemas 

 

 

Escribí mil poemas.

Con uno que te guste y lo recuerdes

sabrás que la misión está cumplida.

Mi sonrisa verás de oreja a oreja

cuando por casualidad,

como quien no quiere la cosa,

le recites un verso a un ser querido

para darle un soplo de alegría

y una muestra precaria,

impertinente,

de que también los tontos

servimos para algo.

¡Qué lástima, señora!

¡Qué lástima, señora, qué lástima indecible!

Qué oportunidad  más reñida

con la noble simpleza de mujeres

que aspiran a templarse en los inviernos,

con coraje impregnado en las arterias.

Ayer la vi

con toda su soberbia al hombro,

diminuta y enferma, recelosa

ante un tribunal que ya dictó sentencia.

Desesperada y terca como un recuerdo triste,

la vi levantar el dedo acusador, creyendo

que a nadie debe cuentas su  atropello.

Usted, señora,

sin coartada y sin reparos,

allanada hasta en las fauces del averno,

con joyitas altivas y culpables

de una esencia feroz sobre la mesa,

avanzaba  como una equilibrista,

sojuzgando el silencio

de quienes se arrepienten de las farsas

al ver que se derrumba el edificio.

Indecente, ladina, abominable,

andaba calumniando y desmintiendo,

con esa honestidad irreverente,

del que sabe que todo está perdido,

que no vuelve el ayer, ni habrá mañana,

ni asientos amainados y vacíos,

que cada condición ha sido inútil

porque cayó en desgracia,

por fin,

su viejo imperio.

 

 

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