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Comparto la reseña de mi libro por Fernando Viano, en el diario Nueva Rioja.

UN DEVENIR INESPERADO

Había una vez una mujer que no confiaba en sus instintos ni en sus premoniciones. Había una vez una mujer que solo a naba a huir de la creación y a despreciarla.
Hasta que una vez -bendita vez- esa mujer se miró en un espejo. Todo lo que sobrevino a ese instante de descubrimiento pleno de lo que no se ve pero
existe en lo que no se ve, pasó a ser el premio consuelo que, despojada de todo, alzó triunfante al viento con la simple -y al mismo tiempo compleja- determinación
de decir algo.

La asistió, al fin, la primigenia osadía de decir. Y de decirlo así, sin vueltas, con las palabras de este mundo, donde no caben concesiones ni espacios para esa pretenciosa búsqueda de un arte poética que intenta, a su vez, aproximarse a lo su rol y aferrarse a lo frágil, a lo vulnerable.
Leer la poesía de Lucía Angélica Folino invita a imaginarla caminando por las calles de Avellaneda (su Avellaneda), en las que todo lo que rodea a esa mujer frente a su espejo -que es también el espejo de todos-, puede tornarse en el reflejo de una palabra que la nombre, aún en el silencio, aún en el vacío de los contenidos
que pudieron disolverse como olvidos insistentes en una memoria sensorial que resiste a olvidar.

Y en esa resistencia, que se ancla en la cadencia de los versos como cataratas de verdades incontrastables, nos nombra e interpela. Y nos ofrece otro consuelo,
aún mayor y trascendente: la última palabra que es el poema, a la que -y al que- Lucía rinde culto, aunque no se arrodilla. Muy por el contrario, va siempre detrás de
su merecida recompensa.

“Todos queremos descubrir una: / la última palabra que
nos nombre / como encuentran los pintores / una imagen de
mujer pantera”.

Así se afianza la poeta en cuestión desde ese profundo abismo del decir al que no se puede dejar de asistir, al que no se puede dejar de caer, página tras página de “Premio consuelo”. Pero incluso si se pudiera, quedaría flotando siempre en el aire la extraña sensación de que volveríamos a subir para deslizarnos una vez más desde las alturas hacia el precipicio en donde el amor muestra todas sus caras (como una moneda lanzada al cielo), entre esa dulce tensión sexual a la que Folino recurre con sugerente maestría y la escritura, su escritura como un pulso que “atraganta el dolor abisal de la partida”.

Y es que un día, como cuando de pronto nos miramos en un espejo, “te levantas y compruebas / que el techo es un prostíbulo sin fama / con palabras que nunca serán dichas / con versos que jamás llegan a nada”.

Ironías y crudezas que sugieren observar desde las cornisas de nuestras existencias para descubrir que “la legión de los que venden su alma al diablo / no tiene límites”, como tampoco lo tiene la capacidad descriptiva de la poeta al pergeñar su “obra de arte del alivio” frente a tanta mediocridad a la que muchos insisten con llamar arte, desnuda en cuerpo y alma (así es, en definitiva, la poesía de Lucía), entre las gentes.

Ironías y crudezas. Como la vida misma frente al espejo en el que una vez -bendita vez- al fin nos vemos: a veces una caricia, otras veces un cross en la mandíbula. Pero siempre un devenir irreparable. Y alguna que otra poesía, como un premio consuelo.

 

http://www.nuevarioja.com.ar/ver_noticia.asp?id=27596

Mil poemas

mil poemas

 

 

 

Mi poemas 

 

 

Escribí mil poemas.

Con uno que te guste y lo recuerdes

sabrás que la misión está cumplida.

Mi sonrisa verás de oreja a oreja

cuando por casualidad,

como quien no quiere la cosa,

le recites un verso a un ser querido

para darle un soplo de alegría

y una muestra precaria,

impertinente,

de que también los tontos

servimos para algo.

¡Qué lástima, señora!

¡Qué lástima, señora, qué lástima indecible!

Qué oportunidad  más reñida

con la noble simpleza de mujeres

que aspiran a templarse en los inviernos,

con coraje impregnado en las arterias.

Ayer la vi

con toda su soberbia al hombro,

diminuta y enferma, recelosa

ante un tribunal que ya dictó sentencia.

Desesperada y terca como un recuerdo triste,

la vi levantar el dedo acusador, creyendo

que a nadie debe cuentas su  atropello.

Usted, señora,

sin coartada y sin reparos,

allanada hasta en las fauces del averno,

con joyitas altivas y culpables

de una esencia feroz sobre la mesa,

avanzaba  como una equilibrista,

sojuzgando el silencio

de quienes se arrepienten de las farsas

al ver que se derrumba el edificio.

Indecente, ladina, abominable,

andaba calumniando y desmintiendo,

con esa honestidad irreverente,

del que sabe que todo está perdido,

que no vuelve el ayer, ni habrá mañana,

ni asientos amainados y vacíos,

que cada condición ha sido inútil

porque cayó en desgracia,

por fin,

su viejo imperio.

 

 

Lu Bandera-de-Argentina-760x500.png

Ascesis

Ascesis

quitando moños xaudaró 1912

Joaquín Xaudaró,  1912 – “Quitando moños”

 

Si el tiempo fuera un exilio apolillado,
una hecatombe hueca,
una evidencia que exuda humores y sangre
por los poros;
si hubiera zafiedad en el genio
y un propósito sacudido
debajo de las crines de una ascesis
poco o sumamente conveniente,
argumentaría desprecio por la virtud,
me calzaría en una piel de lagarto
en llamas,
y trocearía el níspero amarillento
de ferias y mercados,
con la nocturnidad convicta
del buhonero que despelleja chucherías,
memez y bagatelas,
bajo los tinglados de su tienda.

Y sin decir ni mu,

juraría

que soy más ingenua de lo que soy
o parezco.

 

 

 

Lu
Publicado en mi libro: CRUZAMIENTOS Y ASPAVIENTOS

Salacidades

Salacidades

 

 

Se acabó lo que se daba.

Se agotó la caja chica del banco de la procacidad.

Los nuevos miembros saben de antemano,

en su insolencia,

que el caudal de fondos es irrisorio;

y sin embargo, aspiran a morder los escarpines

de los machotes poderosos.

Todavía,

estériles, serviles, agachados.

Los moderadores se atajan y renuncian.

Los directivos atan cabos, piensan y chamuscan

las viejas ideas de la supervivencia.

Al fin, el trabajo no se presume gratuito.

Chapeau, compañeros.

Los cachafaces están en el horno.

Las reinas que engordaban con elegancia

se arrepienten,

y tergiversan sus pecados

en peinetón blancuzco y rodetes tumefactos por el

spray.

Dios nos libre de los parientes de la conspiración.

Los cómplices (bichos y dinosaurios)

tendrán que dar la cara con vergüenza

y devolver lo robado porque el pueblo así lo exige.

Siempre el mismo excremento público

quiere entretener a la fauna

bajo el cataclismo de sus salacidades.

Son las estirpe de inclinados a la lascivia,

al escorbuto, la lepra, la miseria.

Hay que salir a matar mujerzuelas

que engendran hijos desorillados

con el dogal al cuello, jadeando como perras,

para no morirnos de pena.

La ponzoña trepadora dejará de estar de moda,

como el maní con cáscara,

el casco medieval,

la guitarra en el ropero,

y los zapatos de gamuza azul

amenazados y congruentes con su época

de despertares de vitrola cerril y faroles

cabrilleantes.

Se terminó la fiesta de los eruditos en convicción

y de payasos sin nariz de plástico.

Somos muchos, somos más, somos tantos

acodados, que casi

los estamos bordeando a todos.

 

zorzal

 

 

Del libro Cruzamientos y Aspavientos

Tempus lugendi

Tempus lugendi

Tal vez me  reconozca como a un

burro amarrado en el Perú.

Nostalgia de quijotes sin locura.

Yo era…

era

deductiva e inductivamente

feliz.

Mírenme ahora.

Presumir que no sé lo que no ignoro.

Palpitar de contextos.

Ectoplasma.

Hablamos el idioma trascendente

utilizando ladrillos similares

para construir nuevos muros,

nuevos marcos

con canción en los baños

y a la izquierda.

Porque ser raro es un derecho

que vive en una idea y se consume.

Excepto confusión

no hay nada nuevo.

Hace falta una cruzada

¿cruzada?

que venga a resolver los jeroglíficos.

La unidimensionalidad del espejo

latiendo insobornable

en la humedad de los pastos mojados,

me señala entre sombras la partida.

El nudo gordiano del solipsismo terco

se exhibe de manera pornográfica,

con nombre y apellido,

que para eso somos el cadáver de nosotros mismos

y el juego es perdonar que hemos amado,

y el juego es olvidar que hemos gozado,

apenas pioneros de la resolución acontecida

sin secretos ni pasamontañas,

sin tapujos ni culebras arrastrándose en el cemento.

Ojalá fuéramos inmortales y tales.

Que no nos vuelvan a quitar el plato vacío

cuando el aroma de la salsa lo perfuma.

Por el momento,  no decido morir

-aunque bien podría-

este Jueves Santo de París con aguacero,

porque París era una fiesta cuando estabas

y las campanas

de lo perdido también doblan por mí,

cuando te pienso.