Archivo | marzo 2019

Técnica mixta

Técnica mixta:

Cuanto creíste que iba a terminar el odio

y abriste el picaporte de la vida serena,

olvidando la quemadura y el picor de la ortiga,

se encendió la fogata de aquellos

que avivan su rencor en las cenizas,

como es habitual

en estos tiempos infames.

A traición te estoquearon

los que muerden el anzuelo de la guerra,

y acedan, a precio módico,

contra viento y marea,

el oleaje de la paz de los viñedos.

No aspires al equilibrio de los santos

en la inmemorial crueldad de los tiranos.

Hay un tramado tibio y venturoso

que no pueden gozar sin sus manjares

servidos en el plato de los reyes,

sobando sus espaldas con minutas

freídas en la grasa de sus pares.

Que hubiera sido de la literatura

sin esos alicates,

alimañas

que mutilan la luna

con ácidos de insomnio/ cautiverio

Que hubiera sido sin esta transparencia

ariete de la cuña del eclipse,

sin el estafador,

sin esos ciegos,

que aspiran a llenar sus billeteras

con bruscos mecanismos por consigna.

Qué hubiera sido del grado coactivo,

la ilusión necesaria,

el nombre deletreado,

sin tanto nocturnal que se desploma

como un fantasma de metal

con puntos suspensivos en la diáspora.

Las conjeturas potenciales

deben ser permutaciones vacías

cubiertas de misterio

para estos animalitos de Dios,

que prosperan como hongos venenosos.

En la causalidad está el indicio

de fúnebre sequía cuando llueve.

 

 

 

 

Publicado en Cruzamientos y Aspavientos

MATINAL

MATINAL

A Hans Magnus Enzensoerger quien dedica el poema Casa aislada a Günter Eich, donde aparece el primer verso

Cuando me despierto

-casi siempre antes de las 8-

lo primero que aparece es el catarro,

las flemas, los ojos legañosos,

la cara hinchada por dormir mal

y sola.

No veo

nieves sulfurosas y brillantes,

mares embravecidos,

flébiles pájaros que conjuguen el verso

y la atención lírica.

Apenas un par de árboles verdes

recogen sus copas sobre las tejas del primer piso.

Veo conductores de autos lujosos que depositan a los hijos

en la escuela privada de mi barrio

y chicos de impecables uniformes

que marchan al colegio como al suplicio matutino.

Un señor serio cada tanto da recomendaciones:

“No vayas a tirar el envoltorio del alfajor al suelo.”

“Las botellas de plástico deber ir al cesto de No reciclables”.

Veo madres apuradas, rezando para que

no falte la maestra de grado.

Mientras sigo haciendo gárgaras,

poniéndome gotas y tomando píldoras

(para calmar la alergia, el stress,

y favorecer la buena circulación de mis arterias)

escucho a través de la ventana

–sin curiosidad sino por el volumen alto del diálogo-

a un padre explicarle a su niño

cómo fabricar una pelota de trapo perfecta

para ganar el concurso anual.

La hija mayor (no más de doce años) lo llamó “sexista”

y siguió hablando por su móvil con la madre que aparentemente

estaba trabajando en EE UU, por un viaje gerencial.

El papá sonrió con dulzura: “Dale un beso de mi parte”

“Decile que, por favor, regrese pronto.”

La chica era contestaria y rebelde.

-“¿Y por qué no la llamás vos, viejo?

No soy tu empleada, le reprochó.”

 

“De madrugada  lo haré” supongo que habrá pensado.

“No hace falta que me agredas.

Ahora tengo que explicarle a tu hermanito

cómo hacer una pelota.

¿No notaste la carita de tristeza que tiene?”

Mis molestias matutinas se aclaran poquito a poco.

Es tiempo de agradecer a Dios, a las vírgenes,

y a los Santos Evangelios,

a los libros sagrados del Corán y el Viejo Testamento,

a Amon Ra, a Zeus, a Gea y Cronos,

a los poetas paganos y a los filósofos del zen,

a los platónicos y peripatéticos,

a los cínicos y nihilistas,

a mis ancestros,

 

al chico que atentamente seguía las instrucciones de su papá,

al papá que con su apacibilidad amortiguaba la ausencia forzosa de la madre,

a la hija que luchará por los derechos de las mujeres,

cuando sea su tiempo,

aunque todavía tenga mucho que aprender

sobre la delectación de una buena convivencia,

en fin,

dedicarles una oración a cada uno de ellos,

y a los fresnos, a los cables enmarañados,

a los automóviles lustrosos,

y agradecerles

el don de la vida y la esperanza

por los años que nos quedan por gastar.

 

Sin olvidar hacer el saludo al Sol, tampoco sea cuestión

que se ofendan los creadores de los cultos chinos.

 

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