¡Qué lástima, señora!

¡Qué lástima, señora, qué lástima indecible!

Qué oportunidad  más reñida

con la noble simpleza de mujeres

que aspiran a templarse en los inviernos,

con coraje impregnado en las arterias.

Ayer la vi

con toda su soberbia al hombro,

diminuta y enferma, recelosa

ante un tribunal que ya dictó sentencia.

Desesperada y terca como un recuerdo triste,

la vi levantar el dedo acusador, creyendo

que a nadie debe cuentas su  atropello.

Usted, señora,

sin coartada y sin reparos,

allanada hasta en las fauces del averno,

con joyitas altivas y culpables

de una esencia feroz sobre la mesa,

avanzaba  como una equilibrista,

sojuzgando el silencio

de quienes se arrepienten de las farsas

al ver que se derrumba el edificio.

Indecente, ladina, abominable,

andaba calumniando y desmintiendo,

con esa honestidad irreverente,

del que sabe que todo está perdido,

que no vuelve el ayer, ni habrá mañana,

ni asientos amainados y vacíos,

que cada condición ha sido inútil

porque cayó en desgracia,

por fin,

su viejo imperio.

 

 

Lu Bandera-de-Argentina-760x500.png

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