Pasillos eleusinos

En el fragoso borde del poema,

(el poema es la apuesta del amante)

un ángel se ha posado en la ventana,

y batiendo sus alas milagrosas

patinó en arenillas de la imprenta.

 

Lo que quiso decir pero no pudo,

sobornar, seducir,

cauterizar con hielo las heridas,

la diosa Creación se lo ha quitado

en las fiestas solemnes de la histeria.

 

Hubo una vez: la Ceres negra,

“una yegua con crines de dragones”,

(así reza la insulsa wikipedia)

que nos tiró del símbolo inconsciente,

aséptico el gruñido del relincho.

 

Tu amor era el misterio del estanque,

catastro de mis islas sicilianas,

antorcha que encendida de recuerdos

la nada proyectaba en los barriles

de Diógenes y Ovidio en los arcanos.

 

Mi musa siempre fue a tiempo completo

el hombre que es la diva de escenarios

obsoletos, errantes con visado.

Don Gato y sus caifanes reversibles,

fuera del mundo.

Fuera.

Apuñalado.

 

 

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