Omisiones fundadas

Omisiones fundadas

A Lalo Mir

 

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lucia 9

 

 

 

 

Me encanta esa manera ahogada de omitirme

que tienen los críticos de arte

de la industria cultural.

A fuerza de no mencionarme

he dejado de existir en sus ciudades pequeñas

con algas marinas marchitas y puños esposados.

Aprecio con asombro  sus glandulares límites

y me pregunto si se darán cuenta

del sordo desconcierto que desprecia matices

en babas humilladas por la estética fácil

del consumo masivo.

La cruzada que acatan es tormenta de nieve.

Se derrite con los primeros soles

y el ultraje se torna resistente al secreto.

Gimen los trovadores nostálgicos

y se sientan a aplaudir

en huelga de brazos caídos

la batalla perdida.

La vanguardia economiza los elogios,

con reconfortante indiferencia,

configurando

una página impropia

en el canal de las revelaciones

reaccionarias y francas.

Hace años pensaba

que mi poesía era pobre,

intrincada,

de baja calidad,

vestida con harapos residuales.

Y tal vez, así sea. ¿Quién lo sabe?

Pero el empeño tan brusco que llevan a cabo

por no decir mi nombre

me da la estúpida impresión

de que lo gritan a los cuatro vientos,

levantando el silencio como una bandera herida,

mordiéndose los labios

por no trastabillar con la palabra absurda

que los libere de la tremebunda opresión

de tanta esclavitud consentida de antemano.

Su mutismo me honra.

Sin quererlo, expresamente,

me califican de outsider,

me enaltecen y crean una mitología

con sonido inaudible

como un recuerdo que se olvida

para sanar el corazón deshabitado

y sin embargo, persiste

igual que un eco subterráneo

de los tiempos que pasan sin estigmas.

No tengo más que agradecer

esa exquisita forma de ostracismo

afilado, pulido,

sutil, corroborado,

porque toco sus vahos menudos como bueyes

de un mundo de historietas

que se perdió en la infancia

entre lápices de colores,

apenas dibujados por la imaginación febril

del sueño del maestro.

Siento pena por aquellas tribus incapaces

de ver puentes y carriles en las nubes.

Quiero extender  mi mano

a todos ellos,

con la sabiduría que conquistan los años

en un bramido alerta,

pese al olor de muerte

por sobredosis de arrogancia.

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