Tempus lugendi

Tempus lugendi

Tal vez me  reconozca como a un

burro amarrado en el Perú.

Nostalgia de quijotes sin locura.

Yo era…

era

deductiva e inductivamente

feliz.

Mírenme ahora.

Presumir que no sé lo que no ignoro.

Palpitar de contextos.

Ectoplasma.

Hablamos el idioma trascendente

utilizando ladrillos similares

para construir nuevos muros,

nuevos marcos

con canción en los baños

y a la izquierda.

Porque ser raro es un derecho

que vive en una idea y se consume.

Excepto confusión

no hay nada nuevo.

Hace falta una cruzada

¿cruzada?

que venga a resolver los jeroglíficos.

La unidimensionalidad del espejo

latiendo insobornable

en la humedad de los pastos mojados,

me señala entre sombras la partida.

El nudo gordiano del solipsismo terco

se exhibe de manera pornográfica,

con nombre y apellido,

que para eso somos el cadáver de nosotros mismos

y el juego es perdonar que hemos amado,

y el juego es olvidar que hemos gozado,

apenas pioneros de la resolución acontecida

sin secretos ni pasamontañas,

sin tapujos ni culebras arrastrándose en el cemento.

Ojalá fuéramos inmortales y tales.

Que no nos vuelvan a quitar el plato vacío

cuando el aroma de la salsa aún perfuma.

Por el momento,  no decido morir

-aunque bien podría-

este jueves santo de París con aguacero,

porque París era una fiesta cuando estabas

y las campanas

de lo perdido también doblan por mí,

cuando te pienso.

gabrielle_arnault

Gabrielle Arnault  de  Boilly

Tempus lugendi,  es una expresión latina;  significa literalmente: “tiempo de llanto”.
Es una tradición de la época romana que fue asimilada por el derecho, a fin de evitar la  commixtio sanguinis (uniones consanguíneas), o sea, la duda sobre la eventual paternidad de un nacido, posterior a la muerte del padre.
Cuando el ADN ni se era sospechado, el refrán decía que mater certa est, pater nunquam  ( que la tradición oral traducía como: Se sabe quién es la madre pero no se puede afirmar quien es el padre.
Tenía una duración -que ha recogido el derecho positivo en la legislación- de 300 días desde la gestación del embarazo.

También se traduce como “días de duelo”, y se aplica para los 9 días posteriores a la muerte de una persona, en las que no se puede abrir el juicio sucesorio.

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