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Este cuento da título a mi blog de relatos (breves y no tan breves) que comparto con Ustedes. eros

TARDE PARA VENGANZAS

-Si algún concurso poético no está apañado, mañana me hago monja.

Con tierna candidez y moderado énfasis, Fátima, una joven muchacha, rubia y bonita, de unos veinticuatro años, enjuició a su profesor de Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires.

-¿Maledicencia? No. Sentido común- alegaba la pequeña aprendiz de escritora en su encendida defensa plagada de escepticismo literario.

El Licenciado Emilio Basabalbuena no se inmutó en absoluto, acostumbrado como estaba a los desafíos de las niñas que quieren ser famosas por su carácter contestatario escribiendo cuentos, poesías de salón o pegando un braguetazo con algún premio de novela que les conceda alguna beca o seguro de viaje, para seguir “profundizando sus investigaciones en el extranjero”.  Apenas respondió la requisitoria de la alumna en el aula con una sonrisa y, haciendo caso omiso a su protesta, continuó su clase analizando  “La cerilla sueca” de su admirado Antón Chejov, a quien solía llamar “el maestro del relato breve”, con la parsimonia habitual que era su característica.

Ni falta que hacía entrar a discutir los dislates malévolos de esta señorita que tenía el arrojo de hacer pronósticos negativos, generalizar con falacias y poner en duda la calidad y prestigio del arraigado arte de la escritura,  cuestionando a los popes ilustrados, fingiendo una rebeldía ilusoria ante su grupo de compañeros coetáneos, con tal de acaparar fueros que le brindasen impunidad por sus dichos.

El profesor Basabalbuena tenía un doctorado en Letras de la UNAM con modalidad presencial, por lo que había pasado 4 años viviendo fuera de Buenos Aires, a comienzos de su carrera. Esos fueron los mejores años de su vida, solía decir. La belleza de las playas de México no es explicable para quien no las ha conocido, y en su larga estadía, el profesor había pasado muchos días escapando de la ciudad hasta las arenas de la Riviera Maya cada vez que tenía un tiempo libre. Su amor por la tierra azteca y por los narradores rusos era parejo.

-¿Es casado, profe? preguntó Fátima unos minutos después de terminada la explicación sobre Tío Vania, bostezando. ¿Tiene novia? ¿Es gay?

Emilio Basabalbuena no perdió la paciencia y respondió educadamente que no, moviendo la cabeza con dulzura, que por favor, no interrumpiera la disertación porque de lo contrario ella y sus compañeros iban  a tener problemas en la evaluación final.

-Tomen solo algunos apuntes que quisiera remarcar antes de finalizar la clase:

1°) La lectura de Chejov exige un estado de ánimo particular. No traten de estudiarlo a las apuradas, un par de días previos al examen, porque seré exigente en este tema.

2°) Cuando los interrogue sobre determinadas obras, quiero que escriban no únicamente sobre personaje, conflicto, argumento y todas esas estupideces que enseñan los libros de texto, sino que quiero que me digan qué estaban haciendo cuando lo leían, quiero saber si lo disfrutaron o no, con lujo de detalles. Relaten si era la tarde o la noche, qué tipo de luz utilizaron, si bebían café o limonada, con quién estaban en ese momento, si fumaron cigarrillos o porros y hasta qué tipo de ropa llevaban puesta.

3°) Dedíquenle al menos un mes de estudio programático. Lleven un diario en el que apunten cada hora que tuvieron alguna de esas páginas entre las manos y, sobre todo, qué sensación, qué impacto, qué necesidades les produjo la lectura de las obras seleccionadas.

No quiero una tesis profesional sino una epopeya de la lectura.

4°) Recuerden que la palabra “solo” no se acentúa, así como tampoco llevan acento los pronombres demostrativos.  Es hora de que se empiece a comprender que hacerlo es un error grave y que discutir la nueva ortografía de la RAE, inútil. Y punto.

-Profesor, una digresión, usted habrá querido decir que no llevan tilde, porque acentuar se acentúan todas las palabras- remarcó la rubia con picardía.

-Veo que la señorita Fátima aprendió que no se dice “disgresión” sino “digresión”.  Felicitaciones. Ahora bien, lo suyo no es una digresión sino un fastidio. Porque ya expliqué varias veces que acento y tilde…

– Con razón no tiene esposa, Licenciado. Usted es un tipo bastante desagradable y aburrido.

– Dios mío.  No toleraré otra impertinencia de su parte. Le pido que se retire y espere fuera hasta que termine mi hora.

Con un clima enrarecido y exaltado finalizó la clase de Narrativa IV. El barullo de los patios se hizo cada vez más notorio y la luna empezaba a asomar translúcida en su cuarto menguante.

– Los espero bien preparados la próxima semana. Buenas noches.

Julieta, una de las chicas más brillantes del curso se acercó entusiasmada al profesor Basabalbuena y le dijo:

– Su disertación de hoy fue extraordinaria- y cruzando las manos sobre el pecho agregó sin la mínima timidez:

– Cómo me hubiera gustado ser la protagonista de un cuento de Chejov, para que me nombrase con el mismo amor con que habla de Verochka cuando Iván Alekseich la rechaza.  Porque yo, al igual que ella, percibo esas sensaciones y sonrojos cada vez que lo veo, adoro cada palabra que usted elige y pronuncia, comprendo su pensamiento grandioso y me electriza acercarme a su lado, para pedirle que revise alguno de mis pequeños poemas, todos inspirados en su dulcísima voz varonil. Yo, maestro, al igual que Verochka a Iván, lo amo con todas mis fuerzas.

Basabalbuena estaba sudando de miedo cuando la guapísima Julieta terminó de decir esas frases. Carraspeó, se restregó las manos, hizo repiquetear los nudillos varias veces, sin saber qué decir. Buscaba alguna escena parecida en su vida, pero desde los tiempos de su estancia en la península de Yucatán no se sentía tan turbado. La chica era un bellezón y tenía el don de la inocencia a flor de piel.

Sin decir una palabra, miró a la chica que lo conminaba con su declaración y suspiró.  Le dedicó una sonrisa, tomó su bolso de cuero y acompañó la salida de ambos, poniendo su mano en la espalda de la jovencita con gesto paternal.

– Estudie mucho, querida. La literatura romántica no está de moda, atinó, por fin, a contestar con voz firme, sin un mínimo dejo de sensualismo como para delimitar el territorio de su íntima soledad.

Cuando estaba bajando las escalinatas del edificio ya habían aparecido algunas estrellas en el cielo argentino. El señor Basabalbuena pensó que lo mejor sería pasar por  un chino para comprar algo de mercadería, dado que la despensa y la heladera de su casa estaban vacías. Acababa de cobrar su magro salario docente y necesitaba provisiones.

Optó por el súper de Caballito porque estaba más cerca. Salió un poco más tarde, con un par de bolsas, completamente agotado por el intenso trajín vivido ese día. Fue a pocos metros de ahí que se cruzó con Fátima, en la esquina de Goyena y Hortiguera, vestida de un modo provocador y audaz. ¿Tuvo tiempo de cambiarse el ajuar de colegiala universitaria desde que salió de mi clase hasta ahora? se preguntó perplejo. Las mujeres son capaces de eso y mucho más. ¿Acaso en el teatro no rotan de vestuario en escasos minutos entre un acto y la siguiente aparición? ¿Qué estaba haciendo así vestida a esa hora? El vestido negro, ajustado, el escote provocativo y el rostro maquillado en exceso reemplazaban el habitual vaquero azul y la camisa clara; unos tacones que la hacían ver más alta que él, las zapatillas deportivas; la cabellera enrulada y suelta, el  pelo recogido en una cola de caballo-¿Se dedicaría a la prostitución como modo de vida? Jamás hubiera sospechado que esa joven delgadilla y sin brillo en la mirada fuera una exuberante vedette dispuesta a venderse al mejor postor, que lucía espléndida y sexy una vez pasadas las 9 de la noche.

Mientras reflexionaba sobre el desconocimiento y la sorpresa que nos provocan personas a quienes creemos conocer, su alumna se acercó y con un desparpajo le soltó:

-Siga mintiéndoles, profesor,  que aquí estoy para dar testimonio y decir la verdad: usted no se casó nunca porque cuando estuvo en México se enamoró de una prostituta que visitaba a diario, le ofreció matrimonio y traerla a Buenos Aires, cuando reuniera el dinero para su pasaje.

Emilio Basabalbuena palideció. Si algo no presentía esa noche era el recuerdo de su amada Ingrid.

-¿Cómo sabés eso? soltó, tuteándola por primera vez. Me llevó unos cuantos meses reunir la suma necesaria para que  Ingrid volara a Buenos Aires.  Una semana antes de viajar tuvo un accidente en la ruta. Una amiga en común me lo comunicó con un llamado collect de larga distancia. No le creí, sospeché que se habría arrepentido y fui a la Embajada para que me lo confirmaran. Así era. Ella había fallecido antes de que llegara la ambulancia.  Jamás la olvidé.

Después de un confuso silencio se atrevió:

-¿Quéres venir a casa y charlamos? Por lo que veo no tenés apuro en regresar. ¿Vivís sola?

Cuando llegaron a su departamento de Parque Patricios, el profesor se convirtió en un tipo de lo más normal, cocinó para su invitada unos tallarines Don Vicente y preparó una rápida salsa con crema batida, nueces y cuatro quesos que se derritieron al calor del fuego, al tiempo que conversaba animadamente sobre los dorados años de su doctorado.  La felicidad del recuerdo y el plato digno de un restaurante de lujo le hicieron pasar por alto el asombro que le produjo la declaración de Julieta y el encuentro fortuito con Fátima después de hacer las compras.  Abrió un vino blanco dulce natural de Estancia Mendoza: Dilema. Así se llama el vino. Dilema.

-¿Estaba embarazada Ingrid cuando volviste?

El profesor Basabalbuena se atragantó y comenzó a toser con fuerza.

-No. Nunca supe nada sobre eso.

-¿No te enteraste durante los meses que tardabas en conseguir el dinero del pasaje que ella estaba un bebé y dio a luz una niña minutos después de su fallecimiento?

-¿De dónde sacás esos disparates?

– Mi tía Eugenia me lo contó cuando yo tenía 9 años- e hizo un mohín, como diciendo “no importa, ya pasó”.

Emilio estaba espantado por lo que oía. Bebió un vaso de vino cuando escuchó el nombre de Eugenia, la hermana de Ingrid y suspiró.

– Cuando mi madre murió, la tía Euge me llevó a vivir a su casa.  Ocho años y medio después, me encontró acostada en la cama matrimonial con su marido, a quien yo llamaba tío, también. No quiso oír explicaciones y me sacó un pasaje con destino a Buenos Aires. Aquí me esperaban unos amigos de mi padre, que era porteño, y ellos me internaron en un hogar para huérfanos. Mi papá no sabe de mi existencia, ni falta que hace.  ¿Para qué complicarle la vida a las personas?

Cada palabra de Fátima era un nuevo alarido en la cabeza de Emilio. El ruido se tornaba insoportable. La cena se enfrió para él.  Ella comía alegre y mansamente como si no hubiera dicho nada extraño.

Dilema, además de la botella que tenía delante de sus ojos, era el que él tenía frente a la estudiante de su curso que esperaba una paga por servicios sexuales de un hombre que tenía la leve pero fundada sospecha (coincidían las fechas, los nombres que ella mencionaba con cierta intención y hasta había un parecido enorme con la persona que había querido en su juventud) de que fuera su hija. ¿Qué hacer en esa instancia? Por Dios, qué injusticia. La chica era hermosamente encantadora, incitante, y solo pedía dinero para pagar su departamento y su manutención  hasta recibirse de Licenciada en  la carrera de Letras.

Después viajaría a Europa. Se lo dijo sin pudor, porque hoy en día no hay prejuicios para admitir que la necesidad ya no tiene cara de hereje, es simple necesidad y nada más.

«Con la agradecida esperanza de un retorno seguro a sus casas después de una ausencia de nueve años, los griegos dedican esta ofrenda a Atenea»

Quizás por el susto, o por deformación profesional, Basabalbuena recordó la historia de la caída de Troya y al nieto de Apolo, Calcante, el adivino que desentrañó la predicción oracular al tener la visión de una paloma refugiada en una cueva y un halcón que andaba cercándola con intención de atraparla. El halcón amagó retirarse, acomodándose fuera de la vista del ave, y cuando esta asomó la cabeza para verificar que el peligro ya no la rondaba, el bicho saltó del escondite y la cazó sin dificultad alguna. Ahí estaba, en ciernes, la solución de su problema: tendría que idear una estrategia para que Fátima confiara en él y le contara su secreto. De esa manera, tendría una posición dominante. Empezaba a desearla demasiado pero la duda lo carcomía y le causaba dolor e impotencia.

– Me estás contando algo gravísimo, Fati- dijo con tono cariñoso y amigable. –¡¡¡El marido de Eugenia abusó de vos cuando eras una nena!!!

– Eso es la que ella creyó, no lo que pasó en realidad. Eugenia sabía que mi madre era una prostituta importante y la envidiaba porque era maravillosa con un cuerpo incomparable y un rostro sublime. Guardo su álbum de fotos. Podría haber sido actriz de cine, si se lo hubiera propuesto. Ella no necesitaba tu dinero para viajar si hubiera querido abandonar su carrera de comercio sexual. Sus ahorros se los quedó mi tía.

– Por favor, contame: ¿vos me viste en las fotos, en compañía de tu madre, antes de conocernos?

Fátima había terminado su cena y se sonrió porque le hizo mucha gracia lo que le preguntaba el profe. Se disculpó y se levantó de la mesa.

– Bueno, querido. ¿Qué hago? ¿Me voy o vas a pagarme los 500 dólares que cuesta una noche conmigo?

– ¿Quéeeeeeee? No tengo esa suma. No podría pagarte, pero me gustaría que te quedes a dormir.

– Yo sé. Pero tenés cuentos que nunca fueron editados ni registrados a tu nombre. Me encantaría que me regalaras uno. El que vos quieras. En ese caso, me quedaría.

– ¿Cómo sabés que escribo cuentos? Son absolutamente secretos. Solo míos. Ni mi familia conoce ese costado de mi afición. Ni siquiera a tu madre se lo dije.

– Ay, Emi. Qué tierno sos. Todo se sabe. ¿Por qué nunca los publicaste?

– Tengo un prestigio ganado como académico. Me reconocen y convocan a dar charlas y conferencias en  universidades nacionales. Una vez, también fui merituado y designado como disertante de la Teoría Crítica a la Universidad de San Marcos en Lima, Perú. Una vez allí, trabé amistad con un colega que editaba una revista bastante popular en el mundillo consagratorio: el editor y periodista Juan Villanueva Chang. Me animé y le mostré un cuento mío, que antes había mandado a un concurso en México.

– ¿Julio o Juan Villanueva Chang?  Uno, escritor y el otro, funcionario del Banco Central de Perú.

– El editor, supongo. ¿De dónde lo conocés? y el corazón del Licenciado Basabalbuena latió al doble de velocidad.

– Ah, ok. Julio. Leí una entrevista en un diario hace algunas semanas. ¿Y qué pasó con tu cuento, no te distraigas, papi?

El énfasis que puso Fátima al decir “papi” reavivó su incertidumbre y lo atoró de congoja. Emilio decidió poner fin al suplicio: No tendría sexo con su alumna, bajo ningún concepto se dejaría arrastrar por la lujuria. Él podía dominar muy bien sus emociones y no era menester…

– No te quedes mudo, porfa.  Me intriga saber qué pasó con tu cuento. Quiero que me des ese en pago.

– Chang fue sincero conmigo. Me dijo que no era malo sino que era peor que eso, porque mi estilo era el de los típicos parásitos  de la melena del león del sucio Río de la Plata, que llenan cientos de páginas con material inservible o descartable. Que un cuento son tres o cuatro mil palabras y si estas no fueron sabiamente elegidas, el resultado irá a parar directamente al olvido (él dijo “a la basura”) antes de que el autor se entere.

Fátima repitió: Quiere ese. Ese mismo. Sé buenito. Mandámelo al correo electrónico. Lo tenés en la lista de la facu. Entre tanto,  paso a tu baño, con permiso. Quiero estar preciosa para vos en esta cita inesperada.

Es imposible. No puedo ni debo tener relaciones con ella. Virgen Santa. Podría ser mi hija. ¿Será?

Le temblaba el cuerpo y sus manos estaban mojadas. Se sentó en el sillón de su escritorio, se apresuró a buscar el mail de Fátima Cardenal en su lista de alumnos, y en menos de dos minutos le envió el archivo completo de su cuento: Tarde para venganzas. Acto seguido, se compuso, se detuvo al lado de la puerta de entrada y estaba listo para despedir a la hija de Ingrid, con un frío beso de agradecimiento. Ella ya tenía su pedido cumplido y él no le debía nada más. ¿Por qué iba a deberle nada?

Un rato después, Fati salió del cuarto de baño apenas vestida con un deslumbrante conjunto de lencería fina de color manteca: un corpiño de encaje que marcaba sus magníficos pechos casi adolescentes y que realzaba sus hombros atléticos, y una tanga haciendo juego que de tan pequeña parecía hecha para una muñeca Barbie. El señor Basabalbuena, siguió incólume y le señaló la puerta diciendo. “Ya llegó tu correo. Tenés tu cuento. Vestite. Pagué, pero renuncio a mi derecho a la contraprestación carnal. Así que, andate” (y enseguida se dio cuenta de que en la  misma jornada había rechazado por prurito a dos menones impresionantes y jóvenes, y que ya le estaba pensando su sentido de la ética y la moral).

Fátima, jadeó con malicia. Se acercó a la puerta, le dio dos vueltas de llave, y se colgó del cuello del profesor, besándolo.

Él intentó alejarla. Ella se puso a llorar y él la abrazó paternalmente hasta que advirtió que la chiquilla ya no tenía lágrimas en los ojos y que gemía de placer, como si estuviera teniendo un orgasmo.  Fátima clavó su mirada suplicante en los ojos almendrados del profesor, lo arrinconó contra la pared, con tacto y delicadeza, y comenzó a frotar su cabeza, meciendo su pelo rizado. Él estaba tenso, no quería caer en la tentación pero tampoco podía liberarse de esa chispa ardiendo en sus brazos. Ella comenzó a desabrochar su camisa, se la quitó con arte y al dejarlo con el torso desnudo, le ordenó que se sentara en el paragüero que estaba junto a la puerta. Cuando el profesor lo hizo, ella hizo un giro de baile, y quedó de espaldas a él, con los cachetes de sus nalgas expuestos ante su vista y el hilo dental de su tanguita metida en la raya de su escultural culo. Después, se acomodó detrás de Emilio que casi no podía disminuir su presión sanguínea; se quitó el corpiño y rozó su pecho contra la ardiente espalda de su amante-víctima. Él pudo oler un perfume almizclado que lo hizo revivir el contacto con las tetas de Ingrid como si estuviera en el cuarto de la desgraciada muchacha que amó hacía más de veinte años y sintió la erección masculina con todo el flujo de sangre arrebatándose y exigiendo su desahogo.

Fátima tenía una piel suave y un aroma increíblemente idéntico al de su madre. Rodeó al profesor desde atrás, en la posición que estaba acomodada en la que él no podía verla y lo abrazó fuertemente, colocando su mano derecha sobre el pezón izquierdo de su impoluto objeto sexual, y la izquierda sobre el derecho, como si fuera  una cruz humana que lo tenía atrapado, y comprimiéndolos comenzó a friccionarlos con la destreza de una entendida del juego erótico. La intensidad del deseo de Emilio era incontrolable. Cuando no aguantó más giró hacia ella, que lo estaba aguardando con la boca abierta y la lengua humedeciendo los finos labios, entrenada para deleitar cada célula del cuerpo masculino. No se atrevió a besarla, pero la chica tomó nuevamente la iniciativa y se fundieron en chupones y tocamientos cada vez más obscenos, más impacientes, hasta que la furia de Eros los arrastró al dormitorio donde pasaron gozando y gimiendo, hasta la madrugada.

El señor Basabalbuena ya no podía seguir el ritmo extenuante de la mexicanita y se adormeció cubriéndola con su pierna derecha pegada sobre las nalgas de la joven. Un cuarto de hora más tarde, sintió nuevamente la calentura de la saliva de Fátima en su miembro viril, acuciándolo  y este volvió a obedecer a la urgencia de la insaciable oralidad que lo demandaba. Esta vez, ella mordía, sobaba y babeaba el blanquecino semen tragándolo a estudiados sorbos como si estuviera bebiendo el champagne más codiciado del mundo. Al profesor las lágrimas se le saltaban de los ojos, experimentaba una completitud y una dicha sin límites. Sus párpados cayeron pesadamente y no despertó hasta las 8 de la mañana, cuando sonó el despertador que le recordaba que en un par de horas debía estar corrigiendo los trabajos prácticos de sus alumnos del colegio secundario de Almagro.

Fátima se había ido temprano, pero le dejó una notita colgada de la heladera: “Sos un tipo excepcional. Paso alrededor de las 9 de la noche, si querés. Gracias por tu corrección. No firmaba sino que ponía un número de teléfono”. Los fantasmas y las dudas agustinianas del profesor Basabalbuena seguían agazapados en su interior. Sin embargo, se sintió deleitado de haber recuperado a su pequeña Ingrid, y estuvo todo el día cantando boleros y rancheras;  dando propinas a los vendedores ambulantes en el colectivo, y sonriendo con picardía cada vez que enviaba o recibía mensajes de whatsapp, en el celu, con caritas de besos, avatares significativos y corazones envueltos en cintas; y pensando que nadie merecía un poco de compañía más que él, por la infinita soledad que  lo acosó como una sombra infatigable.

Una semana y seis cuentos después de aquella velada, llegó el día del examen final en la Universidad de Letras.

Esta vez, vería a Fátima con su uniforme de calle, sin retoques ni vestidos con escotes excitantes y tembló al pensar que no podría disimular el placer de observarla.

Ella no hizo contacto visual en todo el tiempo que duró la evaluación. Esperó su nota afuera con sus compañeros. En cambio, el señor Basabalbuena, en lugar de mirarla a ella, se deslumbró con Julieta, que llevaba puesta una blusa semitransparente y el pelo más ensortijado de lo que solía lucir. Qué preciosidad, dijo para sí. Cometí un error en rechazarla. Quien se equivoca, existe, razonó.

Los resultados de los exámenes eran los predecibles: Julieta: 10, el resto de la clase de una mediocridad variable, y el de Fátima, debería haber sido un 2, porque apenas había completado media carilla.

-No tuve tiempo de estudiar, profe- dijo sin fijar su mirada en él, cuando le entregaba la hoja firmada con pocos renglones escritos.

-Ya veremos, Cardenal. No se preocupe.

Le puso un 7, fundamentando su nota en el valor del silencio como  verdadera voz de la existencia literaria; por lo que la poesía dice o por lo que no puede decir: porque el lenguaje permanece en el límite entre lo expresado y lo inexpresable y otros argumentos igual de manidos. Hay teorías para todo en la Viña del Señor.

Esa misma noche, Fátima llegó al departamento de Emilio Basabalbuena, y dio por terminada la relación con él.  Se había percatado de cómo miraba los senos de Julieta, cuando la colo escribía sin parar –como en estado de trance-  las respuestas del escrito que ocupaba seis carillas, dijo.

-No seas celosa,  Fati. Estabas muy bella con tu ropa de civil. Muy pero muy bonita. Quería besarte ahí mismo, delante de todos, gritar que estoy reloco por vos.

– No hace falta mentir más. Que tengas suerte, cariño- y recalcó ese “cariño” tan propio de las personas que no sienten ningún cariño sincero por el interlocutor.

Emilio Basabalbuena creyó que era una broma, que la chica iba a arrepentirse y le iba a seguir enviando mensajitos infantiles como venía haciéndolo a diario. No había motivo para pelear. Sus interacciones sexuales eran perfectas para  ambos, no, no había motivo, no había ningún motivo valedero. Y decidió dejarla ir llevándose las pertenencias que fue dejando con naturalidad en su casa.

Al segundo día de su ausencia notó con asfixia, que  Fátima lo había bloqueado en el teléfono móvil y en las redes de internet. Ahí se dio cuenta de que nunca le preguntó dónde vivía. No obstante, tenía el listado del curso en su poder. Buscó por el DNI y notó no sin sorpresa, por el  DNI, que Julieta y Fátima vivían en la misma pensión para estudiantes.

¿Qué podía hacer? Enfiló para la pensión de Viamonte al 1400 y preguntó por ambas. Era su profesor y quería ofrecerles un proyecto etcétera, etcétera. Cuando Julieta lo vio entrar se acercó hace él con estudiada indiferencia. Emilio preguntó por su compañera, y ella le confesó que no eran amigas y poco o nada sabía de su vida, excepto que ellos habían tenido una aventura amorosa.

– ¿Aventura amorosa, te dijo?

– Sí, una aventura sin importancia y que si usted venía le dijera que gracias, nuevamente, por las correcciones.

-¿Dijo por las correcciones o por mi corrección?

– Puede ser. No me pregunte. No me acuerdo bien. Se fue con dos valijas.  Un taxi pasó a buscarla y preguntó al encargado: “¿Quién es la chica que pidió un taxi para  Ezeiza?”

-¿Para Ezeiza? resopló el profesor y quedó pálido como el papel en blanco de su cuaderno de apuntes.

– Lo siento, Licenciado. Pero hoy parece que solo sabe repetir lo que le digo como un tonto.

Tres meses después, el profesor Emilio Basabalbuena estaba revisando su correo electrónico cuando vio en una revista digital una entrevista a la galardonada escritora mexicana Saminta Schwartz. Cuando vio la foto no podía dar crédito a lo que veía. Saminta no era sino Fátima Cardenal, utilizando un seudónimo. Estaba viviendo en Berlín y Schwartz era un apellido apropiado para ese mercado. En París había ganado un premio de siete mil euros en un concurso de relatos. El cuento estaba transcripto y se trataba de Tarde para venganzas. La Editorial de los Pasos Perdidos iba a publicarle un libro de cuentos (siete en total), con traducciones para catorce países, y mencionaba “los extraordinarios títulos que esta revelación literaria elegía para sus obras”. Al final hacía una breve mención a un profesor de la Universidad de Letras de Buenos Aires, que había sido su lector beta y había sugerido correcciones que ella estimó con gran consideración para crear su libro. Por cierto, jamás mencionó su nombre. Ni una coma del cuento que aparecía en la nota era original de la “inestimable cuentista con un promisorio futuro en el mundo de los libros”.  Era todo suyo, al igual que los títulos que anunciaban con rimbombante expectativa.

Aunque ofuscado, siguió leyendo y advirtió que el presidente del Jurado del concurso de París fue su conocido ¿Julio o Juan? Villanueva Chang. Sería cuestión de verlo en persona para ver si lo recordaba y explicarle el fraude de la chica. En un apartado, aleluya, figuraba una gacetilla en la que se informaba que Villanueva Chang vendría a dar unas conferencias a Buenos Aires, el mes entrante, al tiempo que Saminta Schwartz se presentaría en Brasil para introducir su libro en portugués,  que estaba a punto de salir de la imprenta.

Llegó el día de la presentación de Julio Villanueva Chang en la Universidad de Luján, y el Licenciado Emilio Basabalbuena fue a su encuentro, lleno de rencor y complacido en desenmascarar a la perversa Fátima.

Después de una disertación de hora y media más o menos, aderezada por promotoras estupendas que entregaban folletines con la biografía del recomendable editor peruano, Basabalbuena se acercó a saludar a su colega, quien lo reconoció de inmediato.

– ¿Cómo estás, hombre? Qué bien que te la debes pasar en Argentina. Las estudiantes son  guapísimas y liberales. Me da envidia tu puesto en la Universidad. ¿Es un rumor o te están por nombrar Rector?

– Ammm… Puede ser. Ni idea. Tal vez me consideren para el puesto. Soy el más antiguo y con mejor curriculum de todas las áreas. Pero yo quería hablar contigo de otro tema. ¿Aceptarías un güisqui de tu viejo camarada?

– Sí, vámonos. Ahora comenzará a hablar el Licenciado Leandro Lopetegui y ya sabes que sus charlas son para dormir una profunda siesta.

– Un embole, decimos por acá.

– Un embole- rió el peruano y se sonó la nariz con un pañuelo, haciendo un ruido descomunal, que causó la risa de Basabalbuena y distendió la reunión.

El bar de la Universidad era bastante cómodo y se podía conversar con cierta privacidad. Había buen café y más que nada, la barra de bebidas blancas estaba bien surtida, porque los concesionarios conocen la afición universal de los escritores y poetas por el alcohol, aunque sea alcohol de quemar.

– Venga ¿Qué es lo que querías decirme?

– Es respecto a la ganadora del concurso que has presidido en París. ¿Te acordás de ella?

– Sí, hombre, sí. ¿Cómo no? Qué culo, qué tetas, qué piel, qué audacia y qué entrega para hacer el amor. Yo le puse Saminta porque un nombre con i trae buena suerte en la literatura. Bellísima Fátima.

– ¡Te acostaste con ella, Changou!

Julio  Villanueva Chang lanzó una carcajada. ¿Qué si me acosté? Me la fregué una semana entera. Mi mujer casi me echa de casa y seguía riendo con toda la boca llena de migas del tostado que pidió para acompañar la media botella de Jota Be que bajaron en veinte minutos.

– Y no solo yo,  Emilio. Cuatro de los cinco integrantes del jurado lo hicimos con ella, incluyendo a la dueña de la Editorial que está por sacar el volumen de relatos, porque consideraba que la mexicana tenía una voz masculina que excitaría a las de la liga lésbica de la que es Secretaria General. ¿Cómo podría ganar si no? El cuento era peor que malo. Era el de los típicos parásitos  de la melena del león del sucio Río de la Plata,  que llenan cientos de páginas con material inservible o descartable.

El profesor Basabalbuena quedó boquiabierto. Era evidente que Villanueva Chang no había ni leído el cuento y que tenía una respuesta de los tiempos del carbónico.

– ¿No lo leíste, verdad, Julio?

– No. No hacía falta. Lo leyeron dos. El escritor que no quiso votar esa obra porque la consideraba un plagio de una que había leído hace varios años y Leonor Aramburú Iribarne, quien dijo que era perfecto para su Editorial, que ella solventaría el premio, duplicaría nuestros honorarios y nos daría viajes de presentación a cada uno de los que votásemos por Fátima.  4 a 1.  Ganó Fátima y listo. A pasar por caja.

Basabalbuena se sobresaltó, no tanto por la noticia del enchufe como por lo que dijo el escritor que no votó por la obra, porque eso significaba que la había leído alguna vez y no la había olvidado y podría pelear por su autoría. Su cuento estaba definitivamente salvado.

– Quisiera saber quién era el disidente, si me lo puedes decir, por favor.

– Era el Doctor Mauricio Agüero. Tenía 87 años. Como te imaginarás no aceptó el convite de la ganadora para que le diera su voto.  Falleció hace dos semanas.  Ya ves, querido Emilio. Estamos en desventaja. Las mujeres hacen de nosotros lo que quieren. Somos sus felpudos e instrumentos. Ellas tendrán el poder y será tarde para venganzas.

– ¿De qué iba el cuento ganador?

– ¿A quién le importa? Esto es un negocio para consumo masivo. La mercadería fue empaquetada en papel de diario,  vendida en góndola como verdura de estación y no hay derecho a reclamos- dijo con cierta malignidad.

Ah… off the record, déjame que te cuento esto: en la charla de ayer hice mi primera disertación sobre Anton Chejov, calcada del libro de Emanuel Luzuriaga, que tú me regalaste. La preparó mi asistente Sebas Coronado, que es un muchacho voluntarioso, con inteligencia subnormal, que trabaja por la mínima paga. Al cierre de la exposición leída se presentó una morena impresionante, exalumna de Letras de la UBA, me habló de un cuento de Chejov y me dijo algo que no entendí demasiado hasta que escuché: “Yo, maestro, al igual que Verochka a Iván, lo amo a usted con todas mis fuerzas.”  Capté de inmediato su intención y vendrá a mi hotel.  Menos mal que he venido sin mi esposa. Se llama Julieta y yo seré su Romeo. Es un ángel hecho hembra. Divina. Este país te deja sin aliento, te hace hervir los sesos. Qué afortunado eres de vivir aquí.  Estoy fascinado.

-Ingrid lleva doble i, Emilio lleva i- pensó el profesor para sus adentros y solo atinó a decir.

–  Fátima y Julieta también llevan i, hombre. Y Anton Chejov, no tiene ninguna y es el más grande del siglo XIX en su género.

– Tienes razón, entonces la bautizaré Veroscha, porque sabrás que lo que importa no son las  reglas sino lo que uno hace con ellas- y le hizo un guiño simpático.

El Licenciado Emilio Basabalbuena no sabía si estaba soñando o la pesadilla era real.  Julio Villanueva Chang miró su reloj, se levantó de golpe y se fue de prisa, no sin antes recomendarle:

– Ah… Si alguna vez tienes la oportunidad de contratar los favores sexuales de Fátima o Saminta o como quieras llamarla,  no te la pierdas. Cobra caro la noche, pero es la mejor puta que conocí en mi vida.

-Vos lo dijiste, capo: Estamos en desventaja. Es tarde para venganzas.

Lu

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2 pensamientos en “www.tardeparavenganzas.blogspot.com

  1. Magnifica la primera frase por que anticipa unos derroteros inexistentes el ritmo es trepidante, las escenas subidas de tono elegantes y los dialogos fluídos. Vaya que merece un premio. Un abrazo Lucia.

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