Limpia, pule y da esplendor

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Ilustración de Egon Schiele (La familia)

Hay días para pulir cacharros

y hay días para pulir poemas.

Cuando una pule cacharros

lo hace por los demás,

para caerles bien por impoluta,

bonita ama de casa;

para que otros te digan que te quieren

cuando la grasa adhiere cobardía

al sucio maculado de cocina,

porque el olor propende a establecerse

convidado de piedra en un velorio

de casas de familia

y nadie más que vos podría hacerlo

porque no hay nadie más, en esta jaula.

Lo hace para afuera,

sin mérito ni gloria,

como esa obligación de polizonte

descubierto en corrillo clandestino,

con manos en la masa,

sin motivo,

a sabiendas del costo que le aguarda

por estar en el sitio equivocado.

 

Cuando una pule poemas

lo hace para una misma,

por las ganas

de limpiar por dentro la impureza,

restañar las heridas de la carne,

lamentarse,

lamerse

sublimarse,

saberse perdedora y alegrarse

de estar allí, absorta en sus ideas;

esplender con el brillo de las letras;

apaciguar el tedio, detonarlo;

sentir que en la batalla va ganando

ante el pringoso día que le toca

para encogerse de hombros

resignada

contra viento y marea.

Pero, yo no venía a decir esto.

La introducción quedó monstruosamente larga.

No me puedo acordar qué plan tenía,

por donde iba a tirarles la toalla

a los dueños del mundo y sus hechuras

que cobran por mentir y encadenarnos.

No puedo recordar lo que he pensado

metida entre esponjita y detergentes

fregando la marmita de dos asas

con tapa de cristal,

en un esmero triste de afán escrupuloso.

Era algo genial, estoy segura,

algo que nunca han dicho

los poetas del coro de las musas.

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