Archivo | septiembre 2016

Alteridad (en ochenta palabras )

 

Alteridad

Y ocurre, de vez en cuando, que nos sentimos vaciados por el espectro. Como si el anónimo personaje quisiera ser nosotros mismos, nuestra palabra perfumando con aire el nuevo día. No los desechos que se asientan en la mente al desdoblarse y vernos desde fuera. Nuestra voz corregida por el foniatra de los pájaros. Una palabra de palabras, que pasa en limpio el borrador de nuestras intenciones, afectos y desperfectos. Una lupa que aumenta el signo. Una signatura como asignatura.

Alejandrinos con verso de Machado

En el 2011 se encontró de modo casual un verso que Antonio Machado guardaba en un bolsillo de un sobretodo.

La historia que fue publicada con bombos y platillos en diarios españoles de prestigio probablemente sea falsa, pero a raíz de esta conjetura se inició un concurso, en el que no participé -por razones más que obvias- pero me alentó al desafío de escribir.

Lo ilustro con esta obra de Egon Schiele, el pintor austríaco protegido por Klimt (dos de mis artistas preferidos).

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1 –

Estos días azules y este sol de la infancia

que vieron nuestros ojos con ínfulas hambrientas,

trajeron el perfume de noches virulentas

en las que el hombre pierde su fe y su petulancia.

 

Embriagados de sueños, cercanos a distancia

en la tierra andaluza, crecieron cenicientas

las ganas de comerse al mundo en las quinientas

noches que se quemaban con fuegos y ambulancia.

 

La luz del alba vino a cerrarnos las puertas

con una caprichosa nostalgia del futuro.

Seguimos negociando con las venas abiertas

 

en nombre de los pactos, los restos de pan duro.

La infancia es una excusa de mentiras desiertas

que juran los poetas del alma sin seguro.

 

2 –

 

Estos días azules y este sol de la infancia

deniego que se esfumen. Cuando sea mayor

guardaré en mi retina pigmento, luz, color

del tinte que recuerde mi paso por la estancia

 

de amigos de mi padre, que con fina elegancia

brindaron su agasajo a expensas de un amor,

que solamente niños entendimos mejor:

dolor por compañeros expatriados en Francia

 

que nunca denostaron la conducta intachable

debida al caballero y a su corte impecable,

pese a los sobresaltos de un exilio perdido.

 

Rescato primaveras del pozo del olvido.

La grisura del tiempo depende de la lente

con que juzgues la historia del morir de tu gente.

3.-

Los seres miserables que encubren el sonido

de los gruesos calibres de fusiles que a Lorca

le quitaron la sangre, el poema y la ajorca

perseveran su búsqueda, allí por donde han ido.

 

Delatan la amargura de epílogo reñido:

Et verbum caro factum est feto que se ahorca,

el parto de una muerte precedió a la de Lorca,

cuando en la cruz clavaron al profeta elegido.

 

Estos días azules y este sol de la infancia

son la pruebas ruinosas debajo de la exedra

que alentó a nuestro equipo en contra de otro equipo.

 

¿De qué valdrá la pena la triste intolerancia

de seres narcisistas? Mañana serán piedra,

modesta pervivencia, menudo estereotipo.

El viaje o el chocolate

El viaje o el chocolate

 

Antes de viajar a Mendoza,

mi prometido

me regaló una caja de Lion d´or

para festejar nuestro aniversario:

Un año de noviazgo.

La sangre caliente,

los abrazos sensuales

no eran todavía la rutina obligada

de los esposos.

Cuando se fue

me comí la caja entera de bombones.

Un cuarto kilo de chocolate artesanal

del tipo suizo

con almendras, avellanas, mazapán y nueces,

envueltos en papel de seda.

 

¿Acaso no sería

suficientemente bueno el sexo con mi amante?

 

Al día siguiente me descompuse.

Solo bebí té con limón,

y entre náuseas y vómitos:

las corridas al servicio.

El doctor me recetó pastillas de carbón

que ahora se llaman de otro modo:

dos en la primera toma,

una cada seis horas.

 

Al día siguiente del siguiente,

amaneció lloviendo a cántaros.

Llovió copiosamente,

como si fuera esta noche la última vez.

Llovía mucho y  mucho.

El sol estaba oculto

detrás de nubarrones de tormenta.

Aún así, calentaba el Viernes Santo.

Me quedé en cama

viendo una película;

creo que era Secretos de montaña.

Mi novio me llamaba a cada rato

para ir sabiendo cómo me sentía.

Descolgué el teléfono a las tres de la tarde

y lloré tanto como el agua caída.

Su voz edulcorada

se entremezclaba con mis lágrimas

y la agrura por regurgitación del cacao.

 

Nunca la muerte

nos rozó tan de cerca.

Abdalieva