Archivo | agosto 2016

Atropellados

 

ATROPELLADOS.

Uno a uno los fueron matando.
Y después fueron siete, setenta veces siete.
La clave del conjunto era la misma:
Miedo y dolor de antiguas religiones.
Fantasmas presentidos.

Los hospitales estaban vacíos
y la muerte llena de espanto
enfrentaba a Goliat.
La enfermera del cuadro,
su dedo índice en los labios,
pedía silencio.
De eso no se hablaba en los pasillos argentinos.
El hombre de la Bolsa no era un cuento,
viajaba en Falcon verde
cargando sus cadáveres sin prólogo,
umbroso y multiplicado.

Y el reloj, para algunos,
era un milagro de aeropuertos
y falsos pasaportes
hacia rutas que llevaban a cuevas subterráneas
del ensordecedor exilio.

Seguimos dando vueltas al carrete
y entonces, deshabitándonos
regresan los papeles de encubiertos adioses.
Recuerdos olvidados.

Odiamos al asesino y al indultante,
claro,
y odiamos a la madre que los parió.
Mas, sin embargo:
¡Atención!
La vida les da revancha.
Se están reorganizando
despuntando rencor con su cinismo de socios,
como si tal cosa fuera posible,
como si nada hubiera ya pasado.

Debemos hollar la traición con los pies en la cabeza.
Resolver en poemas hasta que escampe
y jugar la Supercopa descalzos,
aunque nunca salgamos en la tele
y sea tarde, tarde y demasiado.
Lu
Este poema tiene más de una docena de años.
Sigue igual de vigente, por lo que estamos viendo y viviendo.