PROSAS I V

IV

¡La libertad no es libre! A nadie le interesa, por supuesto. ¿Cómo empezar a combatir los convenios amañados, las tramas de una alianza pecaminosa, la soberbia de las elegidas dueñas y herederas del reino de la promiscuidad que darán hijos varones sumidos para ejecutar la perversión que multiplica el odio y los rencores? Una vez instalados en sus bancas, los rebeldes se transforman en un sofisticado engranaje del sistema. La masa ignorante con aspiraciones presuntuosas sale en defensa de “la libertad de expresión” apoyando a los gobernantes que los castigan sometiéndolos al vil destino de esclavos de un poder compacto que no les permitirá ni siquiera mirar por la hendija de la puerta. Cuando quieran clamar por sus derechos, será tarde. No habrá un solo micrófono que se los permita.

Me pides palabras compactas que no sé pronunciar, oraciones sentenciosas que se jactan de tener la sabiduría entre los dedos, juicios sin valor ni siquiera como opinión. Me pides versos blancos, odas épicas, poemas institucionales con métrica, con rima, con notable pasión en sus retinas añosas. Me pides retórica para aliviar tus cicatrices supurantes. ¿Me perdonas? La bronca no me permite escribir lo que siento.

Decimos: “Es delgado como un junco”. Si nunca has salido de tu ciudad nunca has visto un junco. Nunca has visto un cardo, un álamo, una llanura, un tifón, una marea, una ola, un cóndor, una llama, un oso polar. Has visto películas en el cine, series extranjeras, videos, programas de televisión y de computadoras, nubes oscuras de humedad, músicos en vivo, fábricas abandonadas por empresarios, peatones torpes, semáforos rotos, borrachos y drogados. Nunca has visto un arcoíris en la playa, un tiburón hambriento, una bodega funcionando, un tipo de queso del que en el mercado de tu barrio no saben ni el nombre. Has visto papeles de envolver regalos, seres extraterrestres, pescados, salas de juego, calesitas, escuelas, bibliotecas públicas y privadas, bingos y casinos. No has visto un kimono, el Taj Mahal, el Vaticano, las Torres Gemelas, el museo del Louvre, los palacios reales de las monarquías más conspicuas y olorosas, montañas de siete colores, el parque nacional de Las Quijadas. Has visto publicidades, libros, bares de cadenas multinacionales, cigarrillos, ropa barata made in China, bodegones, organigramas, residencias lujosas, chozas impenetrables, grafitis para todos los gustos. Si nunca sales de tu ciudad nunca verás un junco, que no sea delgado como un junco.

Era como una cicatriz sepultada debajo del recuerdo oficial que lo ignorase. Tenía quemaduras ocultas de sol entre las piernas, llagas en la espalda, minúsculos lunares de mentira. Era igual que una piedra erosionada por el viento de la indiferencia, y todavía piedra fundacional. Tenía truenos en la voz y relámpagos bajo el ombligo. Era la frescura, la honradez, el cálido piropo. Tenía paciencia ante el enigma. Era el eco fugaz de arrabales clandestinos. Tenía murmullos de paisajes en las fotografías, a vueltas de correo de estampilla solemne. Era una historia sin fin, en el país de las maravillas de la infancia pubescente. Tenía limpidez de bendiciones, barquitos esperando zarpar hacia otra orilla, camaleones en el pelo. Se reinventaba en las noches debajo de las sábanas y olía a zumo de frutas de cosecha reciente. Tenía el don de hacerme reír en todos los idiomas. Era caso cerrado. Res judicata.

No te encuentro, poema. Fuiste abducido en la turbulencia de un cúmulo estelar. Pareces otro. Sin duda, ya no eres mío. Estás falto de fe, permeable a nuevos halos de radiante luminosidad. Te seduce la serpiente que ha mordido a Eurídice en su escapatoria. Te tientan las sirenas de islas inventadas por Homero, en su beneficio. No te hallo, poema. Te fugaste en un tren de madrugada. Cambiaste el pasaporte por los sellos, la metamorfosis por el ruido, la inspiración por el emblema onírico. El ojo llora a su flor, sin aceptar las consecuencias.

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