Archivo | septiembre 2014

El umbral de la calle Zeballos

El umbral de la calle Zeballos

 

 
En un umbral de la calle Zeballos
alguien dejó un zapato de cuero negro,
de mujer, casi nuevo, con un taco roto.

Un solo zapato.

¿Qué hacía allí un solo zapato de cuero negro,
de mujer, casi nuevo, con un taco roto,
sentado en ese umbral,
esperando,
esperando…?

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Melancolía amorosa

Melancolía amorosa

 

Abrió sus grandes ojos con mirada extrañada.

No supo bien si la veía

en plena madurez o como niña.

Lo embriagaba esa edénica figura

que al cielo lo portaba.

Ella estaba tan cerca que podía

oler su dulce aliento y su perfume

a bergamota, incienso,

cardamomo,

pachuli y olivar.

Llevaba tanto tiempo de inventarla

sin saber si era rubia o si morena;

sin poder conquistar

la llave del desierto paraíso,

las playas con arenas esmeraldas.

La sonrisa tan suya, la que nadie imitaba

lucía entre la gente,

como un irresistible estratagema

que al incitaba al ardor

con fervor descosido en hemorragia!

No pudo articular una palabra,

ni quiso asegurarse una hermosura

de cálida novicia ni madre mecedora.

Su embrionaria sapiencia melancólica,

derrotas le auguraba.

Y, de alguna manera,

negación y aflicciones de crujiente zozobra.

Jamás firmó contrato con el arte

del acceso carnal,

sin tener que pagar por los servicios

de sexual compañía lapidaria.

La daga que carcome la belleza

procura en la rutina, alianza ingenua.Notificaciones

Total, para qué, si está la muerte,

aguardando impaciente la sentencia,

en un oculto rincón despanzurrada.

Desde entonces, su vida es un calvario.

No ha vuelto a amar a nadie como aquella

a quien alguna vez y tantas veces,

llorara amargamente, hasta las lágrimas

Si no existieras, amor

Si no existieras, Amor.

“La cacerola de oro del remordimiento”
“Toda la batería de cocina del Santo Oficio de los Muertos”

Jacques Prevert.

“Estoy loco de lenguaje. Nadie me escucha. Nadie me mira,
pero continúo
hablando, girando mi manivela”.

Roland Barthes (Fragmentos de un discurso amoroso)

Si no existieras, Amor,
no habría mundo.
Quienes tienden las redes cloacales,
de gas, de agua potable,
levantan edificios impensables,
construyen buques,
aviones, portaviones,
marionetas, espejos, tolderías,
hubieran olvidado el compromiso;
las madres que cuidan de los niños
incansables o enfermas,
las doncellas que tiemblan mientras zurcen,
los hombres que hoy se buscan el sustento,
los viejos que sonríen y son viejos,
no tendrían razón para estar vivos,
para pelear día y noche contra el Ogro;
no detestarían la muerte que suprime
y serían animales del panteón
encasillados en jaulas naturales,
tragando la intemperie y su inclemencia.
Porque cada accionar sin tu palabra,
cada verbo, maldito y repetido
de cada biblioteca traspasada,
encierra en su encuitado subterfugio
un je t’aime, espérame que llego,
quiero estar junto a ti, que me desees,
quiero que tu boca a mí me nombre,
que tus manos se enlacen con mis pechos,
y digas que es de día aunque haya noche,
concierto de matices progresivos,
misales a la hora de la cena.
Entonces ves, Amor, imprescindible
hechura con que lustras las herrumbres
de las baterías de oro de cocina del Santo Oficio,
remordimiento de las cacerolas de oro
en Palabras de lira preexistente,
que chasqueas los dedos y eres dios y el demonio
de un Olimpo fulgente y terrenal.
Amor, estás y eres el ancla del acetismo
y la fuerza motriz de las industrias.
Tu voz incognoscible es serenata.
Tu cuerpo es un racimo de esmeraldas
cuajadas de vapores
y tu olor el rasante de los planos,
la presa inconfundible del sigilo
ante la radicalidad del tiempo ausente,
y vas como un pretor de las tinieblas,
impartiendo la fe, que aquí nos falta.

Lu