Archivo | mayo 2014

Miedo a volar (canción)

Cuando tengas miedo de volar, 
cuando tengas miedo de arriesgar, 
y las emociones te ahoguen 
con hiel la garganta, 
degolla al vampiro 
que te ataca 
y goza, goza, 
sueña escandalosas 
luciérnagas de alas blancas.

El miedo es amigo de incordiar. 
Sorprende al más fiel, al atacar 
con cruda osadía, con fatua alegría, 
nobles corazones en la madrugada.

No tengas miedo muchacho, 
vete al final del pasillo 
-te veo un poco amarillo- 
descarga todo tu empacho.

Grita y escupe dolores 
renegando del bolsillo 
de cucurucho sencillo 
que te encubre los temores.

La náusea se irá pasando 
en canciones que agonizan, 
de vez en cuando 
aterrizas 
aterrizas 
aterrizas.







Amor con fecha de vencimiento

 

Amor con fecha de vencimiento.

Cuando se conocieron 
Mili tenía 47 octubres encima 
y Juan no más de 16.

Los unió la experiencia y la bravura, 
la fealdad de uno, 
la belleza de la otra 
y el horizonte 
que haría estragos en el chiquillo 
destinado a vivir en la miseria.

Se amaron con pasión, 
por decir con locura o picardía, 
compartieron monedas y billetes, 
criterios, lealtades 
y un pastor alemán, 
a sabiendas 
de que el de ellos era un amor 
con fecha de vencimiento en la solapa.

Pasaban los años 
como gotas de lluvia de verano, 
sin turbarlos.

El pequeño Adán 
se fue tornando golondrina. 
La luz de la fortuna de su novia 
iluminaba el rostro 
del galán con birrete de marino.

La apuesta les duraba 
contra cualquier pronóstico 
a sabiendas 
de que toda felicidad caduca 
con el tiempo.

Una noche que estaban en la gloria, 
dormitando 
bajo el signo de la estrella del Sur, 
embebidos de sed, 
acurrucados, 
tendidos en la arena 
de humedades rotas, 
se cerraron los párpados del hombre 
para siempre jamás.

Juan tenía 47 años
y Mili apenas 16
cuando se amaron 

a pesar de las fosas y los cauces,

a sabiendas, 
de que el de ellos era un amor 
con fecha de vencimiento en la solapa, 
de que toda felicidad caduca 
con el tiempo.





Nimiedades

 

I-
 
Que si he fundado un ámbito de amor
en el encuentro, es porque somos tantos
los hastiados por la denegación,
perpetua y corrompida de los hechos
que llevan al buen puerto de la muerte,
que como toda muerte torna en centro
su ultimísimo adiós por la partida.
 
II-
 
Salvación por la sangre y por las letras,
que han ungido milenios de esperanza,
acordando rezar que por milagro,
aparezca algún Ser a redimirlos
ignorando la esencia de lo Creado,
la pura Libertad, que nos regala
el Dios incomprendido que nos une.
 
 
III-
 
Yo que he despilfarrado la Palabra,
me consumo en el fuego del silencio.
Pasión, tormenta y luz de mis escombros.
Tragedia viva con final feliz
de statu quo, por pulir el ripio
y buscar el socorro en un mundo mensurable,
asible a los sentidos, mercantil y evasivo.
 
 
IV
 
 
La realidad nonada es proclive
a inmolar el relámpago
en lábil estrategia del rayo baladí,
crepitando en efectos especiales,
de intrascendentes ruidos de responso.
Operación de tacto y residencia
con sueño de anarquía desgarrada.
 
 
V-
 
Irreductibilidad de pérdida absoluta
que solo siente nostalgia de algún nombre
y sigue de este lado del espejo,
designando al azogue y los diluvios,
aquí donde se estrellan cuatro pájaros
de vivo argento en cítaras sagradas,
contra un albor de vidrio.

Salacidades

 

SALACIDADES. 

Se acabó lo que se daba. 
Se agotó la caja chica del banco de la procacidad. 
Los nuevos miembros saben de antemano, 
en su insolencia, 
que el caudal de fondos es irrisorio; 
y sin embargo, aspiran a morder los escarpines 
de los machotes poderosos. 
Todavía, estériles, serviles, agachados. 
Los moderadores se atajan y renuncian. 
Los directivos atan cabos, piensan y chamuscan 
las viejas ideas de la supervivencia. 
Al fin, el trabajo no se presume gratuito. 
Chapeau, compañeros. 
Los cachafaces están en el horno. 
Las reinas que engordaban con elegancia 
se arrepienten, y tergiversan sus pecados 
en peinetón blanco y rodetes entumecidos por el spray. 
Dios nos libre de los parientes de la conspiración. 
Los cómplices (bichos y dinosaurios) 
tendrán que dar la cara con vergüenza 
y devolver lo robado, porque el pueblo así lo exige. 
Siempre el mismo excremento público, 
quiere entretener a la fauna 
bajo el cataclismo de sus salacidades. 
Son las estirpe de inclinados a la lascivia, 
al escorbuto, la lepra, la miseria. 
Hay que salir a matar mujerzuelas 
que engendran hijos desorillados 
con el dogal al cuello, jadeando como perras, 
para no morirnos de pena. 
La ponzoña trepadora dejará de estar de moda, 
como el maní con cáscara, 
el casco medieval, 
la guitarra en el ropero, 
y los zapatos de gamuza azul 
amenazados y congruentes con su época 
de despertares de vitrola cerril y faroles cabrilleantes. 
Se terminó la fiesta de los eruditos en convicción 
y de payasos sin nariz de plástico. 
Somos muchos, somos más, somos tantos 
acodados, que casi 
los estamos bordeando a todos.

Foto: SALACIDADES. 

Se acabó lo que se daba. 
Se agotó la caja chica del banco de la procacidad. 
Los nuevos miembros saben de antemano, 
en su insolencia, 
que el caudal de fondos es irrisorio; 
y sin embargo, aspiran a morder los escarpines 
de los machotes poderosos. 
Todavía, estériles, serviles, agachados. 
Los moderadores se atajan y renuncian. 
Los directivos atan cabos, piensan y chamuscan 
las viejas ideas de la supervivencia. 
Al fin, el trabajo no se presume gratuito. 
Chapeau, compañeros. 
Los cachafaces están en el horno. 
Las reinas que engordaban con elegancia 
se arrepienten, y tergiversan sus pecados 
en peinetón blanco y rodetes entumecidos por el spray. 
Dios nos libre de los parientes de la conspiración. 
Los cómplices (bichos y dinosaurios) 
tendrán que dar la cara con vergüenza 
y devolver lo robado, porque el pueblo así lo exige. 
Siempre el mismo excremento público, 
quiere entretener a la fauna 
bajo el cataclismo de sus salacidades. 
Son las estirpe de inclinados a la lascivia, 
al escorbuto, la lepra, la miseria. 
Hay que salir a matar mujerzuelas 
que engendran hijos desorillados 
con el dogal al cuello, jadeando como perras, 
para no morirnos de pena. 
La ponzoña trepadora dejará de estar de moda, 
como el maní con cáscara, 
el casco medieval, 
la guitarra en el ropero, 
y los zapatos de gamuza azul 
amenazados y congruentes con su época 
de despertares de vitrola cerril y faroles cabrilleantes. 
Se terminó la fiesta de los eruditos en convicción 
y de payasos sin nariz de plástico. 
Somos muchos, somos más, somos tantos 
acodados, que casi 
los estamos bordeando a todos.

Todo bien

Todo bien.

Se la veía bien,
despellejada, desnutrida e insensible,
pero bien.
Se la veía bien,
caprichosa e inconstante,
gritona al divino botón,
pero bien.
Bastante bien.
Se la notaba confusa,
compatriota de los desposeídos,
alerta al vuelo de los moscardones,
pero bien.
Casi como bien.
No cumplía las leyes de la historia.
No sabía coser manteles de hilo croché.
No ponía las manos en el fuego por nada.
Se reía de absurdas tonterías.
Pero bien,
Se la veía bien.
El único idioma que hablaba era el materno,
y era un esfuerzo entenderle;
leía deletreando,
se notaba que no participaba de proyectos gratuitos,
que la bicicleta era de la quema.
Pero bien.
No le parecían interesantes
los alardes de los buscadores compulsivos de público.
No tomaba anfetaminas,
comía salteado.
Vivía de prestado.
Tiraba manteca al techo cuando le sobraban manteca y techo.
Decía palabrotas a menudo.
Pero, bien.
Todo bien.
¿A quién podía importarle una mina solitaria en la espesa
ciudad de insomnios progresivos y tragadores de buitres?
Solo la radio comunal se ocupó de ella cuando murió, de repente.
Nadie reclamó el cadáver.
Pero bien.
Todo bien.
Como suele suceder con los pobres.