Archivo | marzo 2014

Entrevista enviada a pedido de la revista Biografías (de Brasil)

 

Entrevista de Andrea Martino (fragmento) 

-¿Por qué eres tan reacia a hablar de tu biografía? 
-No se trata de un falso pudor sino de un estilo de acercamiento a mis lectores-poetas, que espero no se sientan condicionados por la circunstancia personal que dio origen al poema. Tampoco se trata de un prejuicio, lo que sucede es que espero que los versos provoquen un efecto cinestésico y establezcan el deseo de una reflexión que genere empatía independientemente del consenso o disenso al que se arribe con ella. Mis poemas parten del caos, tienen una ausencia manifiesta de buenos modales, no admiten poses literarias y sus vinculaciones, asociaciones y recursos retóricos aspiran a ser imprevisibles, con toda la implicancia moral que una aspiración a la originalidad pueda llegar a tener. Por supuesto, que solo es válido modificar el sistema dentro del sistema y existe una exigencia de musicalidad, lirismo y ese exceso de parafernalia lingüística que la poesía arrastra, que no puede ser obviado. Sin perjuicio de ello, la poesía de la brevedad, la sentencia bíblica, el hermetismo son difícilmente superables y en tiempos de 140 caracteres y palabras abreviadas como jeroglíficos del presente emitidas desde un teléfono móvil, es una ardua tarea descubrir la aguja acezante y la profundidad filosófica en el pajar de idas y vueltas de las redes sociales. De ahí la necesidad del recuadro poético. La señalización como faro para pedirle al mundo que frene, que recupere sus raíces humanísticas en lugar de esta absurda pretensión de ser seres enteramente tecnológicos. 

-¿Dónde radica la diferencia entre conjunto de versos y poesía en un plano teorético? ¿En la falta de previsibilidad? 

-No. No es eso. La creación tiene su punto a favor en la novedad, pero no podemos confundir el puro ingenio con lo poético. Sin embargo, éste sería el tipo de discusión intrascendente para los poetas, que van rodando otros carriles menos intelectualizados por la crítica, alejados de la lingüística pero cargados de una semiótica significante e identificatoria. Podría hacer un manifiesto sobre esa diferenciación, aunque no olvides que sería “mi” manifiesto, y que habrá tantos como la imaginación humana quiera encontrar e imaginar a lo largo de los siglos de la historia. 
– ¿Podrías aclarar por qué esa idea recurrente del lecto-poeta para definir a los receptores de la obra? 
Muchas veces se ha hablado del lector macho, el lector hembra, la forma en que el lector completa lo que el autor escribe. Eran otros tiempos, sin duda. La inmediatez de las redes sociales nos permite visualizar, con mayor claridad que antes, que los lectores de poesía son necesariamente poetas, aunque como he repetido hasta el cansancio, no hayan escrito una sola línea que puedan afirmar como propia. No quiero decir que los poetas se leen entre sí, cosa que también es cierta. Eso se sabe. Todos queremos saber cómo suenan los ejes de la carreta ajena, para memorar a Atahualpa Yupanqui. La fórmula es más amplia que eso, porque para leer un poema escrito en una técnica tan lejana del habla contemporánea, que es en general escasa de vocablos, hay que tener una predisposición, una sensibilidad y un deseo consciente o inconsciente de expresión. Entonces, ese receptor del mensaje es un poeta en ciernes. Muchas veces los comentarios de personas anónimas me inspiraron versos, que ingresaron al poema casi textualmente y cito como ejemplo dramático: “La guerra: Pasión de multitudes” en la que explico la ambivalencia del sentimiento que originan tanto el comentario lisonjero como el destructivo, provocando una situación de afinidad u hostilidad que exacerban una guerra interior de la que no deseo formar parte. Por ese motivo, el poema termina “Para hacer la guerra hacen falta dos, pero conmigo no cuenten”. 
-¿Cuál sería la sensibilidad apropiada para captar el espíritu de un poema? 
-Es una cuestión de actitud y de aptitud. Quien no desee preguntarse el porqué, el para qué, el cómo y no espere la transformación personal a través de la literatura (y aquí debemos hablar de toda la gama de escritura que la conforma) estará en serios problemas de comprensión del significado. ¿Quién vería un partido de fútbol completo sin conocer las reglas del juego? Estas reglas están sumamente difundidas, cualquiera sabe que el gol es la entrada de la pelota en el arco del equipo contrario (el que sale a la cancha con la camiseta de otro color). A partir de ahí, las normas se complejizan pero el acercamiento ya se produjo. Bien, los poetas, los artistas en necesitamos espectadores que conozcan las reglas, y que puedan jugar un partido por lo menos amateur, en el caso de producirse la necesidad. Esto, por desgracias, está muy alejado de los medios masivos de comunicación, siempre interesados en dirigirse a un público adolescente, a fin de marcar una superioridad ideológica que les permita vender sus ideologías y productos con comodidad extrema. 
– En esa medida podría decirse que el lector de poesía es también poeta. Serlo no requiere de un profesionalismo, sobre todo hoy que la relación entre partícipes del acto literario se acerca, se estrecha y se profundiza. 
-Exactamente. A muchos les fastidia que se use la palabra poeta porque se sienten elegidos por los ángeles y merecedores del laurel. Se equivocan. Nadie dudaría en usar la palabra médico, albañil, sastre, abogado o camionero para definir una profesión, un oficio. El artista es un laburante. Hay que terminar con un mito inalcanzable de los que venden humo. Porque desde ese punto de vista es menos poeta quien negocia con su soberbia para ganar premios y consolida su prestigio entre aquéllos a quienes el Polaco Goyeneche sindicaba como “analfabetos con matrícula” y se olvida del verdadero destinatario de su obra, quien sufre con ella sus avatares y designios: el lector inspirado. 
– En tu biografía notamos que has elegido la palabra “poeta” en lugar de “poetisa”. 
– No creo que esto merezca un gran análisis. Primero porque la primera acepción académica determina que poeta es la persona que escribe versos, poesía. Poetisa es una deformación de carácter despectivo, que tiene mucho que ver con que hasta el siglo XX el arte mayor de la Poética solo recaía en manos masculinas. Adviértase que el pensamiento filosófico, la literatura y las ciencias lograron anticiparse a este fenómeno que fue como el último bastión del patriarcado. 
Se consideraba con una acentuada reminiscencia griega y latina que las mujeres solo podíamos ser depositarias de los piropos, las comparaciones y alegorías de quien tenía como obligación teleológica seducir a su presa. Los poemas de amor escritos por mujeres solo podían tener un carácter religioso y recién en el siglo XIX comenzaron a aparecer audaces escritoras que prepararían el camino hacia el feminismo del siglo XX, el alcance de la igualdad de derechos civiles, que solo se produjo en nuestro país a mitad de siglo, por las gestiones de nuestra adelantada Evita ante su marido el General Juan Domingo Perón, quien fuera presidente durante los diez años más revolucionarios de la épica nacional argentina (1945-1955), la eclosión de las mujeres en las universidades, la liberación sexual y tantos otros logros que mencionarlos juntos provocan vértigo, dada la celeridad con que se produjeron en escaso siglo y medio los cambios más notorios de la sociedad desde la Edad Antigua hasta la Contemporánea. No obstante lo cual, durante todo el siglo XX, la bisexualidad u homosexualidad femenina fue un requisito ineludible para conseguir la cucarda, producto manifiesto del temor a caer en desgracia de los dioses varones, por declararse poeta siendo mujer. Se fomentó la cofradía de energúmenas que sentían desprecio y mostraban su desaire ante la mujer heterosexual que se animara a dar batalla, por lo que hubo muy pocas y valiosas excepciones, al respecto. Ese prurito, aunque ya no está vigente, cimienta un profundo surco en la escalada hacia una igualdad de derechos y deberes independientemente del sexo o sexualidad de la persona que sea el sujeto jurídico activo o pasivo. 
– ¿Por ese motivo se lanzó a escribir a los cuarenta y cinco años, cuando ya Eric Hobsbaum había sentenciado que el siglo XX había llegado a su culminación con la caída del muro de Berlín? 
– Es gracioso. Me encantaría decir que fue así, por puro prejuicio. Pero, no. Aunque era voraz lectora de libros en general y poesía en particular, la idea de escribir vino de mi cercanía con la computadora. Nunca fui laboriosa ni ordenada y eso de tener que estar escribiendo, reescribiendo, corrigiendo y volviendo a rehacer me daba pereza. Recién con las bitácoras, foros, blogs pude empezar a compilar la obra (confieso que perdí más de la mitad de mi obra por descuido, ya que escribí aunque con menor intensidad, desde que estaba en la escuela primaria). Esa indolencia fue bien aprovechada por otros, y de ahí a sentirme estafada por la sociedad de los vivos hubo un proceso de terrible dolor y rebeldía. Me negaba a ser la “musa”, cuando en realidad era la creadora del objeto. Mi primer acto de liberación fue saber que yo podía publicar mis propios libros. Después que lo hice (Retablo de duelos, Acuario Plateado por la Luna) comprendí que ya estaba suficientemente segura de mí misma, y que si alguien iba a copiar, a plagiar (“el plagio es homenaje” decían varios) lo harían bajo la mofa y el escarnio de sus colegas. A partir de ahí, me dediqué a compartir gratuitamente cada letra que producía y al tener mis archivos ordenados y bien plantados en varios sitios de la red (la cantidad de diskettes, cd, pen drives que llené no podrían ser mencionados sin ruborizarme), el texto tenía autoría definitiva. Tiempo después, nació el Creative Commons y con esto se ganó en libertad a la hora de requerir la autoría. No porque lo que uno escriba nos parezca tan importante sino porque es la verdad. No admite réplica en contrario. Esto no es obstáculo para que cuando lo considere oportuno vuelva a publicar en libro los trabajos que consumieron mis noches y mis días de bohemia. 
-¿Cuáles son sus poetas favoritos? 
Tengo una larguísima lista de poetas imprescindibles, empezando desde los clásicos hasta los más revolucionarios, los intelectuales, los compositores de letras de canciones, los narrativos, los especulativos, los subjetivos, los que inventan movimientos literarios, los que escriben con metro y rima, los del verso blanco o libre. No haré un digesto porque es muy probable que sea incompleto y varios de los más amados podrían quedar fuera por algún lapsus inexplicable de mi inconsciente. Mientras los poetas sean honestos, buenos y no pierdan su afán de experimentación y sentido de la musicalidad, digo y así cerré un poema años atrás: “La poesía me gusta toda, toda, toda. Siempre y cuando no me piquen los mosquitos una tarde sudorosa de verano”. 

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Ruego hacer más sonetos los sonetos

Donde quiera que vaya hay escozor
viene y firma el señor Inquisidor.
Quien supiera escribir de buena ley
porque aplauda con gozo nuestra grey.

Que este cielo nos cure del ardor
con sus tragos de noche y esplendor.
Pues te hemos coronado Nuevo Rey
con los cuernos que lleva el otro buey.

Y así pasan los años de la vida
jugando con el sapo a la escondida,
desde que bautizara a los sin nombre

el guapo más infante de los hombres,
que a Tarzán le ha guardado los secretos,
ruego hacer más sonetos los sonetos.

Procesos inevitables.

PROCESOS INEVITABLES.

Cuando las ratas vienen marchando…

¡Cuidado!
La perfidia se acerca solapada
y los gatos mudan de pelaje,
de color,
se desollan;
arrastran por los tejados
su sed erótica,
histriónicamente exagerados,
y se cobijan
para hacer frente al panorama
de un modo teatral
y arbitrario,
que no dejará zarpazos testigo
de su escueta flatulencia ferina
en el horizonte de sus pisadas.

Fluctúan entre los enigmas
de la partícula,
sin sustantivos cualificantes,
porque juzgarlos
semeja una inútil aporía,
un condicionamiento profesional,
en un marco a la incoherencia
de sus
self reproducting automata.

Usted se reirá mucho, vecino…

Usted se reirá mucho, vecino, 
pero a mi se me hace un nudo en la garganta 
ni le cuento, vecino, 
a estas horas estará sonando tragicómico 
más que dramático, 
porque de verdad 
que una no sabe que decirle 
a la gente que acomete y pregunta 
si me falla el comedor; 
esa gente pseudo ingente, 
que resopla, que se oculta, 
que se entristona y tris tece 
por tanta soledad, 
tanta mentira 
de pueblo chico, infierno grande. 
Usted se reirá mucho, ya lo sé, 
vecino, 
porque entiende que no les da el cuero 
y agachan la cabeza 
y dicen que estoy loca 
y que tome la pastillita azul 
y patatín patatero. 
Estoy segura de que no ha querido 
saber esto, 
aunque si que habrá ansiado 
desternillarse conmigo, 
mucho la rima jadeante, 
la maja de antes del día después, 
la que cantaba en los bares canciones populares 
y tabulaba el Universo. 
Ay, vecino, si le mostrara las fotos, 
ay, si supiera que 
cuando se apagaba el ordenador, 
una orquesta sinfónica, afónica y esterofónica, 
tocaba Brahms y Piazzola, 
y yo sola; 
no faltaban citas a las citas 
del señor de las monsergas 
a ciegas de los gallitos 
de comisuras babosas, 
No me verá por un tiempo, 
vecino. 
Descréame. 

Sipi. 
Paparepecepe 
quepe mipi fapamapa 
llepegópo haspatapa 
apaquípi. 

Opolépeeeeee, pepe… 

Pepé pepé pepé, 
pepé pepé pepé… 
(con música de murga, 
amor en tacitas 
y santo y seña rodado en la arena).

Lu

El punto de fusión

El punto de fusión.
 
 
 
A Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges.
 
 
 
Cada poeta arropa un color.
 
Algunos son azules.
 
Azul su estandarte y el Ideal su Ley.
 
Otros, decididamente,
 
son negros.
 
Matizan algunos grises
 
en su fúnebre conglomerado
 
de versos oscuros.
 
Con muertes y obsesiones
 
se escriben las novelas policiales,
 
no se pintan buenos cuadros,
 
mi apreciado amigo.
 
 
Anverso y reverso del espectáculo
 
cristalino de un mundo caníbal.
 
Tácita reconducción
 
de la estética marea que sesga todo arte
 
y ordena
que si eres pintor no eres poeta,
 
o tal vez, lo contrario, vamos.
 
 
Retrocedo al lenguaje del color de la poesía.
 
No hace falta disimular la incertidumbre.
 
Empecinados bermellones rojos
 
son rojitos aguados de acuarela.
 
Y el resorte que los ajusta o los sujeta
 
flaquea en un misal
 
con panderetas del vellocino de Jason.
 
 
Podrías ya seguir alucinando
 
porque los hay,
 
poetas amarillos y parduscos,
 
(los poetas menores que amaba Borges
 
sin mentores por pormenores varios)
 
El mundo se reduce a explicarlos:
 
 
Y ahora que lo pienso bien…
 
Yo soy violeta insustancial
 
en mis sueños subconscientes.
 
Errática confesión de alojamiento
 
sin confirmación retórica,
 
todavía.
 
 
 
Sólo sé que en el ultramar violeta
 
serpentea el camino con vehemencia.
 
Que violeta es el color de las vísperas.
 
Que tuve dos maravillosos vestidos en mi vida:
 
Uno,  lila atrevido
 
con el que conseguí mi primer empleo de abogada
 
y el otro violeta,
 
de trágica elegancia,
 
que estrené el día en que lo vi
 
con esa cualquiera en un bar
 
que frecuentábamos juntos
 
y sentí
 
por vez primera,
 
el antisigno inaugural
 
de una fuerza secreta y misteriosa.
 
Supe de inmediato
 
que aquel color de flores del teatro
 
difuminado entre unas baratijas,
 
sería el punto de fusión
 
entre la fantasía cautivada en los límites
 
del juego de luces y sombras
 
de mis tristezas
 
ingénitas o ambiguas,
 
y mi humilde realidad creativa
 
en la minúscula casita de rutinas literarias.

Canción para tiempos difíciles: toros viejos.

Postularon un programa

con organito y grotesco

relojero y suburbial.

¿No estás viendo al toro viejo

en la merca de Las Ventas

y un partido en las reventas?

La carbonera está llena.

Se corrompió la madera

y te hallé por casualidad.

Echabas fuergo en el circo

como enano agigantado

con espaldas del dantesco

vestidito de violeta,

pancho, mostaza y ritual.

 

(la novela del relato)

 

Divididos, marginales,

frente a sí, insignificantes

bailan, mean, piden pan.

Los de oficio periodistas,

indignados con chequeras,

atorrantes, funcionarios,

atormentan los progresos

reivindicando el exceso

voz en off de informativos

e improvisan colectivos,

de móvil mando a distancia

canalizando remotos

sentidos desempleados

del rock and roll nacional.

 

(con la fauna de los gatos)

 

Fotomontaje, entrevista,

elegancia de activista,

¡me cacho en Dió! Buena fuente

de observatorios recientes

Relación intertextual.

¿Para qué el abecedario

de letrista independiente

que trueca bienes por mal?

Para artista : un presidente,

sin amigos ni amistad

Viceverseando a la gente:

Viva el nuevo capital.

la fuerza del indecente

te parte por la mitad.

(Esta letra fue escrita por mí hace varios años y sigue con absoluta vigencia)

Lu